Una campaña del proyecto Nodssum, liderada por el CNRS, documentó a más de 4.700 metros de profundidad barriles degradados, fugas de material y señales de interacción con ecosistemas abisales.
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Eduardo Schmitz
Entre 1950 y 1990, más de 200.000 barriles con residuos radiactivos fueron arrojados a las profundidades del Atlántico nororiental. Décadas después, una nueva misión científica volvió a esa zona para observar directamente el estado de los contenedores y estudiar cómo interactúan con el ambiente marino profundo.
La campaña forma parte del proyecto Nodssum, liderado por el Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia, CNRS, en colaboración con Ifremer, la Autoridad de Seguridad Nuclear y Radioprotección de Francia, ASNR, y varios socios nacionales e internacionales.
El objetivo de la misión fue explorar áreas de interés identificadas durante una primera campaña realizada entre el 15 de junio y el 11 de julio de 2025. Aquella expedición permitió mapear la zona donde fueron depositados los barriles; la segunda buscó observar puntos concretos y recolectar muestras para análisis posteriores.
Una nueva expedición al fondo del Atlántico
La segunda misión se realizó entre el 27 de mayo y el 28 de junio de 2026 a bordo del buque Pourquoi Pas?. Cerca de 30 científicos participaron en la campaña, que utilizó el sumergible tripulado Nautile, parte de la Flota Oceanográfica Francesa.
El Nautile efectuó 20 inmersiones a profundidades superiores a 4.700 metros, lo que permitió observar varios barriles y su entorno inmediato. Las imágenes y mediciones obtenidas ofrecen una mirada poco frecuente sobre un legado de contaminación marina depositado en una zona abisal difícil de estudiar.
El océano profundo permanece entre los sistemas menos conocidos del planeta. Por eso, investigaciones previas sobre ecosistemas de aguas profundas del Atlántico han insistido en la necesidad de observar directamente estos ambientes para comprender sus amenazas reales.
Barriles deteriorados y materiales filtrados
Las observaciones realizadas con el sumergible y otros instrumentos desplegados desde el buque aportaron nuevos datos sobre los residuos sumergidos. Los científicos documentaron un estado avanzado de deterioro en varios barriles y observaron que algunos habían dejado escapar parte de su contenido hacia el fondo marino circundante.
La misión también permitió identificar distintos materiales usados para encapsular los residuos, entre ellos resina, bitumen y cemento. Esta información es importante porque cada material puede comportarse de manera distinta frente a la presión, la corrosión, la temperatura y las condiciones químicas del fondo oceánico.
Los resultados iniciales no significan que toda la zona presente el mismo estado ni que todos los barriles estén abiertos. La campaña se concentró en áreas de interés previamente identificadas, por lo que el análisis completo dependerá de la interpretación de imágenes, muestras y mediciones que continuará en laboratorio durante los próximos meses.
Radionúclidos por encima de lo esperado
Las mediciones realizadas en el sitio confirmaron la presencia de radionúclidos característicos de este tipo de residuos, con niveles de actividad superiores a los esperados para esa zona del Atlántico. Los análisis de laboratorio permitirán cuantificar con precisión esos radionúclidos e identificar otros que puedan estar presentes.
El CNRS señaló que, pese a esa detección, los niveles medidos durante la misión permanecen bajos y permiten manipular las muestras sin grandes restricciones de radioprotección. Esta distinción es importante: el hallazgo confirma señales químicas y radiactivas asociadas a los residuos, pero no equivale a una emergencia radiológica inmediata.
El punto científico central está en comprender cómo se dispersan esas sustancias en el ambiente, cómo pueden transferirse a sedimentos u organismos y qué papel desempeñan las corrientes, la química del agua y los procesos ecológicos abisales.
Agua, sedimentos y organismos vivos
Durante la campaña se recolectaron muestras de agua, sedimentos y organismos vivos. El objetivo es estudiar los mecanismos de dispersión y transferencia de radiactividad en el medio marino, así como documentar la biodiversidad presente sobre los barriles, alrededor de ellos y en hábitats cercanos.
La presencia de vida sobre estructuras artificiales hundidas no elimina el problema ambiental. Más bien abre preguntas sobre colonización biológica, exposición crónica, transferencia de contaminantes y posibles efectos en redes tróficas profundas. Los ecosistemas abisales suelen ser lentos, frágiles y adaptados a condiciones extremas.
Otros estudios han mostrado que la huella humana ya llegó a zonas oceánicas remotas, desde basura hasta materiales persistentes. En el Mediterráneo, por ejemplo, se han documentado desechos marinos en fondos profundos, lo que muestra que la profundidad no protege automáticamente a los ecosistemas de la contaminación.
Un legado ambiental de la segunda mitad del siglo XX
El depósito de residuos radiactivos en el mar refleja prácticas de gestión ambiental de otra época. Durante décadas, el océano profundo fue tratado por algunos países como un lugar remoto capaz de aislar desechos peligrosos. Hoy, la capacidad de observación directa y modelización permite revisar esas decisiones con criterios científicos más exigentes.
La misión Nodssum no solo busca localizar barriles. También intenta comprender el comportamiento de un legado submarino en el tiempo: deterioro de contenedores, liberación de materiales, movilidad de radionúclidos y relación con organismos que viven en el fondo.
La investigación se suma a un campo más amplio sobre contaminación, océano profundo y residuos persistentes. Estudios sobre el viaje del plástico hacia las profundidades oceánicas han mostrado que los materiales humanos pueden incorporarse al paisaje abisal y permanecer allí durante largos periodos.
Qué falta por analizar
El trabajo más detallado continuará en tierra. Los equipos científicos analizarán las muestras y las imágenes captadas durante la campaña para determinar con mayor precisión qué radionúclidos están presentes, en qué concentraciones aparecen y cómo se distribuyen entre agua, sedimentos y organismos.
También se espera que las observaciones ayuden a identificar el origen de ciertos barriles. Esa información puede ser relevante para reconstruir la historia de los vertidos, los materiales utilizados y las responsabilidades asociadas a los distintos tipos de residuos depositados en el Atlántico nororiental.
El análisis de los próximos meses buscará entender los mecanismos que gobiernan la transferencia y el transporte de radionúclidos en el océano profundo, además de sus interacciones con ecosistemas abisales. Ese conocimiento puede mejorar la vigilancia ambiental de sitios contaminados y orientar futuras decisiones sobre residuos peligrosos en el mar.
El océano profundo como archivo ambiental
La campaña confirma que el fondo oceánico no es un espacio vacío ni desconectado. A más de 4.700 metros de profundidad existen comunidades biológicas, procesos químicos y estructuras físicas que pueden interactuar con materiales depositados por actividades humanas.
La exploración de barriles radiactivos en el Atlántico nororiental muestra la importancia de sostener misiones oceanográficas de largo plazo. Sin observación directa, muchos impactos permanecerían invisibles bajo la superficie, aunque sus señales puedan persistir durante décadas.
El caso Nodssum también recuerda que la contaminación marina no se limita a costas, plásticos flotantes o vertidos recientes. Parte del riesgo ambiental está enterrado en decisiones pasadas, en lugares remotos y bajo condiciones extremas, donde la ciencia apenas comienza a medir con precisión sus efectos.
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