Un estudio de la Universidad de Waterloo advierte que las líneas sísmicas abiertas para exploración petrolera y gasífera no se han recuperado como se esperaba y elevan el riesgo climático
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Karem Díaz S.
Las turberas boreales de Canadá, consideradas durante mucho tiempo grandes reservorios naturales de carbono, muestran una respuesta climática más delicada de lo previsto cuando son alteradas por actividades de exploración petrolera y gasífera. Una nueva investigación de la Universidad de Waterloo revela que las áreas dañadas por líneas sísmicas no se han recuperado como científicos y empresas esperaban, y que en algunos casos sus emisiones de metano se han triplicado.
El estudio, titulado Increased methane emissions from boreal peatlands following linear disturbances, fue publicado en Communications Earth & Environment y analiza cómo estas perturbaciones lineales modifican el funcionamiento de los humedales boreales. El trabajo se centró en turberas cercanas a Peace River, en Alberta, una provincia canadiense donde la exploración de petróleo y gas ha dejado una extensa red de corredores abiertos en el paisaje.
Qué son las líneas sísmicas y por qué alteran las turberas
Las líneas sísmicas son caminos largos y estrechos cortados sobre el terreno para permitir el paso de equipos usados en la exploración geológica. Aunque suelen considerarse intervenciones menores frente a carreteras, pozos o minas, el estudio muestra que su impacto puede persistir durante años en ecosistemas saturados de agua, ricos en materia orgánica y muy sensibles a cambios físicos.
En Canadá, estos corredores atraviesan zonas de humedales canadienses dominadas por ciénagas, pantanos y turberas. Estos ambientes almacenan carbono durante largos periodos porque la materia vegetal se descompone lentamente bajo suelos húmedos y pobres en oxígeno. Pero esa misma condición también favorece la producción de metano cuando se altera el equilibrio hidrológico.
Los investigadores midieron el metano emitido desde los tallos de las plantas y desde la superficie del suelo. La comparación entre las líneas sísmicas y las zonas intactas mostró un aumento claro: las emisiones fueron un 300% más altas en turberas tipo bog y cerca de un 200% más elevadas en turberas tipo fen.
Más agua, más calor y más metano
La investigación identificó una causa principal: las líneas sísmicas resultaron ser más húmedas y más cálidas que las áreas naturales cercanas. Estas condiciones favorecen la actividad de los microorganismos que producen metano en suelos saturados. En el estudio científico, las líneas presentaron temperaturas al menos 1 °C superiores a las zonas no alteradas en distintas profundidades del suelo.
El metano es especialmente relevante porque, aunque permanece menos tiempo en la atmósfera que el dióxido de carbono, tiene una capacidad mucho mayor para atrapar calor en las primeras décadas después de su emisión. Esa preocupación ya aparece en estudios recientes sobre cómo el calor acelera las emisiones naturales de metano en ecosistemas húmedos.
El estudio también encontró que la profundidad del nivel freático fue el factor dominante en la variación del flujo de metano. Cuando el agua está más cerca de la superficie, disminuye la disponibilidad de oxígeno en el suelo y se crean condiciones más favorables para la producción de este gas.
Un problema que no se corregía solo
Uno de los puntos más importantes del trabajo es que las líneas sísmicas no se recuperaron como se había asumido. Las empresas de petróleo y gas están obligadas a restaurar superficies después de obras de construcción, pero estas líneas no habían sido incluidas de forma habitual en esos esfuerzos porque se pensaba que la vegetación volvería a crecer naturalmente.
Los resultados cuestionan esa suposición. Para el equipo de Waterloo, el daño no solo modifica la cobertura vegetal, sino también la temperatura, la humedad y el intercambio de gases de efecto invernadero. En términos climáticos, una huella aparentemente estrecha puede actuar como una vía persistente de emisión.
La situación se vuelve más relevante porque la red de líneas sísmicas en Alberta es tan extensa que, de acuerdo con la información divulgada por la Universidad de Waterloo, podría envolver la Tierra nueve veces. El problema no se limita a Canadá: perturbaciones similares existen en otras regiones boreales de Estados Unidos, Rusia y Escandinavia.
Turberas, carbono y riesgo climático
Las turberas boreales funcionan como sumideros de carbono a largo plazo, pero también son fuentes naturales de metano. Esa doble función obliga a mirarlas con precisión: protegerlas permite conservar carbono almacenado durante siglos o milenios, mientras que alterarlas puede cambiar el balance entre almacenamiento y emisión.
La dinámica del metano en estos ecosistemas se relaciona con procesos microbianos complejos. Investigaciones recientes sobre microbios en humedales y carbono han mostrado que la producción de gases depende de la disponibilidad de oxígeno, nutrientes, temperatura y humedad del suelo.
El nuevo estudio aporta mediciones de campo en un tipo de perturbación poco incorporado a los inventarios de gases de efecto invernadero. Esa falta de datos puede haber llevado a subestimar el impacto real de la exploración de recursos en las turberas boreales.
Restauración y decisiones sobre recursos naturales
El equipo de la Universidad de Waterloo y colaboradores en Canadá ya trabaja en técnicas de restauración para algunos sitios afectados por líneas sísmicas. La restauración busca corregir las condiciones físicas que favorecen la emisión de metano, especialmente el exceso de humedad superficial y los cambios en la estructura del terreno.
La profesora Maria Strack, titular de la Cátedra de Investigación de Canadá en Soluciones Climáticas para Humedales, advirtió que las emisiones de gases de efecto invernadero y los costos de restauración deben considerarse al evaluar proyectos de desarrollo de recursos. Si esos impactos se integran plenamente, algunas iniciativas podrían dejar de ser viables o prácticas.
La advertencia conecta con un debate más amplio: no basta con medir la rentabilidad inmediata de la extracción de recursos. También deben incluirse los efectos climáticos acumulados, especialmente en ecosistemas donde una alteración física relativamente estrecha puede generar cambios duraderos en el ciclo del carbono.
Un dato clave para los inventarios climáticos
El trabajo de Percy Korsah, Scott J. Davidson y Maria Strack proporciona una base científica para mejorar los informes de gases de efecto invernadero asociados a perturbaciones humanas en turberas boreales. También refuerza la necesidad de incluir las líneas sísmicas dentro de las políticas de restauración, en lugar de tratarlas como cicatrices menores del paisaje.
En un contexto donde los humedales elevan el metano global más de lo que muchas evaluaciones habían captado, este hallazgo suma una pieza crítica: las actividades humanas pueden intensificar emisiones en ecosistemas que, sin perturbación, cumplen una función climática esencial.
El mensaje central es claro: las turberas boreales no son espacios vacíos para la exploración de recursos. Son infraestructuras naturales del clima. Cuando se dañan, el costo puede aparecer no solo en el paisaje, sino también en la atmósfera.
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