Un estudio estima que la refrigeración doméstica evita 5.267 muertes anuales por calor en Estados Unidos, mientras su creciente demanda presiona las redes eléctricas y aumenta las emisiones
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
El uso doméstico del aire acondicionado evitó un promedio estimado de 5.267 muertes relacionadas con el calor cada año en Estados Unidos entre 2010 y 2020. Sin embargo, su expansión también eleva la demanda eléctrica, aumenta las emisiones cuando funciona con energía fósil y expulsa calor hacia las calles de las ciudades.
La estimación procede de una investigación encabezada por especialistas de la Escuela de Salud Pública de Yale y publicada el 31 de agosto de 2026 en la revista Nature Health. El equipo analizó alrededor de 30 millones de registros de defunción y comparó las relaciones entre temperatura, mortalidad y uso de aire acondicionado en los condados de los Estados Unidos continentales.
Los investigadores concluyeron que la refrigeración doméstica redujo en más de la mitad la mortalidad atribuible al calor. También encontraron que los beneficios adicionales se estabilizaban cuando el uso del equipo superaba determinados niveles, lo que advierte sobre el consumo excesivo en edificios ya suficientemente refrigerados.
Treinta millones de registros permitieron calcular el efecto
El equipo estudió las defunciones registradas durante once años y estableció para cada condado la relación entre la temperatura diaria y la mortalidad. Después comparó esos resultados con la utilización media anual de aire acondicionado en los hogares.
Cuando el nivel de uso aumentó desde el percentil 10 hasta la mediana, la asociación entre temperaturas extremas y muertes se redujo de manera considerable. El rango térmico sin incrementos significativos de mortalidad también se amplió en los territorios con mayor utilización.
El estudio calculó que el aire acondicionado evitó casi 58.000 muertes durante todo el período comprendido entre 2010 y 2020. Los mayores beneficios se concentraron en Arizona, Florida, Texas, Luisiana y sectores meridionales de Nevada, Alabama y Misisipi.
En más de una docena de estados del norte, desde Washington hasta Maine, la estimación fue inferior a diez vidas salvadas por año. Esta diferencia geográfica refleja la variación de temperaturas, adaptación de la población, características de los edificios y disponibilidad de sistemas de refrigeración.
El resultado adquiere importancia ante episodios como las olas de calor que presionan simultáneamente la salud pública y las redes eléctricas estadounidenses. Cuando el calor y la demanda alcanzan sus máximos al mismo tiempo, una interrupción del suministro puede dejar sin protección a quienes más dependen de la refrigeración.
El beneficio dejó de aumentar con el uso excesivo
La investigación encontró que la reducción del riesgo se estabilizaba por encima de la mediana de utilización doméstica. Esto significa que pasar de una exposición insuficiente a un nivel adecuado ofrecía una protección clara, pero consumir todavía más electricidad no producía necesariamente una reducción proporcional de la mortalidad.
Kai Chen, profesor de epidemiología de la Escuela de Salud Pública de Yale y autor principal del estudio, señaló que más de la mitad de los casos analizados podían considerarse situaciones de uso excesivo. El investigador puso como ejemplo los edificios que mantienen temperaturas tan bajas durante el verano que sus ocupantes necesitan ropa de abrigo.
Una temperatura interior cercana a 24 °C se utiliza en numerosos lugares como referencia razonable, aunque no constituye un límite universal. La humedad, la edad, el estado de salud, la actividad física, el aislamiento del edificio y las condiciones exteriores modifican las necesidades de cada persona.
Reducir el exceso no implica retirar la refrigeración a quienes están expuestos a un calor peligroso. La prioridad consiste en proporcionar protección suficiente mientras se evitan temperaturas interiores innecesariamente bajas y se mejora la eficiencia del sistema.
La demanda mundial de refrigeración podría triplicarse
El calentamiento global, la urbanización, el crecimiento demográfico y la mejora de los ingresos están elevando rápidamente la cantidad de equipos instalados. La Agencia Internacional de la Energía y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente proyectan que la demanda eléctrica destinada a refrigeración podría triplicarse.
En Estados Unidos, los días-grado de refrigeración, una medida de la energía necesaria para enfriar edificios, aumentaron un 28% desde 1990. El año 2024 estableció un récord y los datos disponibles hasta mayo indicaban que 2026 avanzaba hacia valores todavía mayores.
Europa también atraviesa un cambio estructural. Sus días-grado de refrigeración se han más que duplicado desde 1990 y el uso de aire acondicionado aumentó un 44%. En India se triplicó, mientras en el sudeste asiático creció a más del doble.
Los edificios necesitarán adaptarse a este nuevo escenario. Una investigación sobre la demanda de calefacción y refrigeración en más de 5.000 localidades europeas proyectó que el cambio climático reducirá algunas necesidades invernales, pero elevará considerablemente la presión para enfriar los interiores.
La electricidad fósil convierte la adaptación en nuevas emisiones
El impacto climático del aire acondicionado depende principalmente de la fuente utilizada para producir la electricidad, de la eficiencia del equipo y del refrigerante que contiene. Un aparato alimentado con energía solar o eólica no genera la misma huella operativa que otro conectado a una red dominada por carbón o gas.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente proyecta que las emisiones de gases de efecto invernadero vinculadas con la refrigeración podrían crecer desde unos 4.500 millones hasta 7.200 millones de toneladas durante los próximos 25 años. Esa cantidad se aproximaría a las emisiones actuales combinadas de Estados Unidos y Europa.
La relación forma un ciclo de retroalimentación: las temperaturas más altas aumentan el uso de aire acondicionado; la generación fósil necesaria para abastecerlo libera más gases de efecto invernadero; y esas emisiones intensifican el calentamiento que origina la demanda.
Un análisis anterior estimó que la expansión del aire acondicionado podría añadir entre 0,03 °C y 0,07 °C al calentamiento mundial hacia 2050, dependiendo de la trayectoria energética y tecnológica.
Los refrigerantes también importan. Algunos hidrofluorocarbonos poseen un elevado potencial de calentamiento cuando escapan durante la fabricación, el mantenimiento o la eliminación del aparato. Sustituirlos por alternativas de menor impacto y controlar las fugas puede reducir una parte de la huella climática.
Las ciudades reciben el calor expulsado por los equipos
El aire acondicionado no elimina el calor: lo traslada desde el interior del edificio hacia el exterior. Las unidades condensadoras liberan esa energía en calles, patios y cubiertas, donde puede reforzar localmente el efecto de isla de calor urbana.
En barrios densamente construidos y con poca vegetación, miles de equipos funcionando simultáneamente pueden elevar la temperatura exterior. Ese calentamiento aumenta a su vez el esfuerzo necesario para enfriar los interiores y empeora las condiciones de quienes permanecen en la vía pública.
La mayor producción eléctrica puede incrementar además la contaminación atmosférica convencional cuando las centrales queman combustibles fósiles. El hollín, los óxidos de nitrógeno y los precursores del esmog generan riesgos respiratorios y cardiovasculares adicionales.
Estas cargas no se distribuyen por igual. Los hogares con menos recursos suelen habitar edificios peor aislados, afrontar facturas energéticas más difíciles de pagar y tener menor acceso a árboles, espacios verdes o sistemas eficientes de refrigeración.
La falta de acceso convierte el calor en una desigualdad
Disponer de un equipo no significa poder utilizarlo durante una ola de calor. El costo de la electricidad obliga a algunas familias a elegir entre enfriar la vivienda, comprar alimentos o pagar medicamentos.
Las personas mayores, quienes padecen enfermedades crónicas, los niños pequeños, trabajadores expuestos y habitantes de viviendas mal ventiladas presentan vulnerabilidades particulares. Un análisis sobre la creciente exposición de los adultos mayores al calor intolerable advirtió que el envejecimiento demográfico amplía la cantidad de personas que necesitarán protección térmica.
La desigualdad también aparece entre barrios. Las zonas con menos árboles, más asfalto y viviendas de baja calidad pueden mantener temperaturas nocturnas superiores a las de sectores con parques, sombra y construcciones eficientes.
El concepto de justicia térmica propone enfriar las ciudades sin dejar atrás a los vecindarios vulnerables. Esto requiere identificar dónde se concentra el riesgo y dirigir allí árboles, rehabilitación de viviendas, centros de enfriamiento, asistencia energética y sistemas de alerta.
Una red eléctrica sobrecargada puede anular la protección
Las temperaturas extremas disparan al mismo tiempo la demanda de millones de equipos. Ese pico puede superar la capacidad de generación o de distribución, especialmente cuando las líneas y transformadores también pierden eficiencia por el calor.
El riesgo no se limita a Estados Unidos. La combinación de redes frágiles, fenómenos meteorológicos extremos y demanda creciente ya amenaza la continuidad eléctrica en distintas regiones, como muestra el análisis sobre apagones y vulnerabilidad climática en América Latina.
Los cortes durante una ola de calor pueden ser especialmente peligrosos en edificios que dependen completamente del aire acondicionado y carecen de ventilación pasiva. La temperatura interior puede subir con rapidez cuando las ventanas permanecen cerradas y los materiales acumulan calor.
Mejorar las redes, incorporar almacenamiento, gestionar la demanda y ampliar fuentes renovables resulta tan importante como fabricar equipos más eficientes. Sin un sistema eléctrico resiliente, la refrigeración no puede cumplir su función durante las horas más críticas.
Enfriar edificios sin depender únicamente de máquinas
Las soluciones pasivas disminuyen el calor que entra en una vivienda antes de encender el aire acondicionado. Entre ellas figuran el aislamiento térmico, las persianas exteriores, la ventilación nocturna, los techos reflectantes, la sombra y el diseño que favorece la circulación del aire.
Los árboles reducen la radiación solar sobre fachadas y calles, mientras la evapotranspiración puede refrescar el entorno. Los techos claros reflejan una fracción mayor de la energía solar y evitan que los edificios acumulen tanto calor.
Una comparación entre árboles urbanos y techos frescos como estrategias contra el calor mostró que ambas alternativas ofrecen ventajas distintas y pueden combinarse según el espacio, el clima y las características de cada barrio.
Los ventiladores consumen mucha menos electricidad que los compresores y pueden mejorar el confort mientras la temperatura y la humedad permanezcan dentro de límites seguros. Durante condiciones extremadamente cálidas y húmedas, sin embargo, el movimiento del aire puede resultar insuficiente y será necesaria refrigeración activa.
Singapore combina vegetación, edificios eficientes y regulación
Especialistas del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente señalan a Singapore como ejemplo de una estrategia integral. La ciudad-Estado combina vegetación urbana, alertas tempranas, diseño pasivo, requisitos de eficiencia para edificios y normas sobre temperaturas interiores.
Las medidas de reverdecimiento urbano permiten ahorrar alrededor de 35 millones de dólares anuales en energía, según las estimaciones citadas por el organismo. En determinadas zonas, la combinación de intervenciones ha reducido las temperaturas hasta 8 °C.
El enfoque no elimina el aire acondicionado, sino que intenta disminuir la carga térmica antes de utilizarlo y asegurar que los equipos restantes funcionen con mayor eficiencia. Esta combinación reduce la demanda máxima y puede facilitar la transición hacia una electricidad más limpia.
Expertos de 75 países y 250 ciudades vinculados con el Compromiso Mundial de Refrigeración tienen previsto reunirse en septiembre en Singapore para estudiar fórmulas que amplíen el acceso sin intensificar la crisis climática.
El objetivo es una refrigeración suficiente, limpia y accesible
El estudio de Yale demuestra que el aire acondicionado cumple una función esencial durante los episodios de calor peligroso. Retirar esa protección sin alternativas aumentaría las enfermedades y las muertes, especialmente entre quienes tienen mayor vulnerabilidad.
Al mismo tiempo, enfriar oficinas y viviendas por debajo de lo necesario consume electricidad sin añadir una protección sanitaria equivalente. El resultado de la investigación respalda una diferenciación entre refrigeración necesaria y uso excesivo.
La respuesta combina equipos eficientes, refrigerantes de bajo impacto, redes eléctricas más limpias, edificios adaptados, vegetación urbana y políticas que garanticen acceso a las personas expuestas. Estas medidas permiten reducir emisiones sin convertir el confort térmico en un privilegio.
La refrigeración será cada vez más importante en un planeta más cálido. Su contribución a la supervivencia dependerá de que la energía, la arquitectura y la planificación urbana eviten que la solución sanitaria continúe alimentando el problema climático que la hace necesaria.
Fuentes referenciales:
Phys.org
Nature Health
Associated Press




