Dos núcleos extraídos con 23 años de diferencia en el casquete Guliya preservan señales climáticas coherentes y aportan uno de los registros de hielo de montaña más antiguos conocidos fuera de las regiones polares
Redacción: Redacción Noticias de la Tierra
Editor: Karem Díaz S.
Un casquete glaciar situado en el noroeste del Tíbet, China, conserva hielo que podría remontarse a unos 128.000 años, según una investigación internacional publicada el 30 de septiembre de 2026 en Science Advances. El hallazgo convierte al casquete Guliya en un archivo excepcional para reconstruir la evolución del clima de las altas montañas de Asia durante el último ciclo glacial.
El equipo, encabezado por Lonnie G. Thompson, de la Universidad Estatal de Ohio, comparó dos núcleos de aproximadamente 300 metros perforados en Guliya en 1992 y 2015. A pesar de haber sido recuperados con 23 años de diferencia, ambos muestran patrones semejantes en sus isótopos de oxígeno, una coincidencia que respalda la reproducibilidad del registro climático conservado dentro del hielo.
Los núcleos de hielo funcionan como archivos naturales porque sus sucesivas capas preservan señales de las condiciones ambientales del pasado. Esa capacidad también ha permitido que un pequeño glaciar de los Alpes revele cerca de 2.000 años de historia climática y contaminación atmosférica, aunque el registro identificado ahora en Guliya se extiende mucho más atrás en el tiempo.
Dos perforaciones separadas por 23 años cuentan la misma historia
La primera perforación profunda de Guliya se realizó en 1992 y alcanzó aproximadamente 309 metros. En 2015, otra expedición recuperó un nuevo núcleo de unos 310 metros en un sector próximo del casquete. Una cuestión fundamental era determinar si ambos registros representaban de forma consistente la historia ambiental del glaciar.
Los investigadores analizaron la composición de los isótopos estables de oxígeno, expresada mediante δ18O, una señal utilizada en paleoclimatología para estudiar variaciones ambientales registradas en las sucesivas capas de hielo. La comparación mostró patrones similares entre los núcleos de 1992 y 2015.
Para Thompson y sus colaboradores, esa reproducibilidad es especialmente importante. Si perforaciones realizadas en momentos distintos conservan señales comparables, aumenta la confianza en que el hielo está registrando cambios ambientales reales y no anomalías exclusivas de una única perforación.
La búsqueda de registros climáticos continuos en glaciares de montaña se ha convertido en una prioridad científica. En Turquía, por ejemplo, una expedición examinó por primera vez la estructura del glaciar del monte Ararat para localizar un punto donde un futuro núcleo pueda conservar información climática y ambiental de la región.
Berilio y cloro ayudaron a fechar el hielo antiguo
Uno de los mayores desafíos fue establecer una cronología suficientemente sólida para las capas más profundas. El equipo empleó los radionúclidos berilio-10 y cloro-36, que permiten buscar marcadores asociados con acontecimientos ambientales ocurridos hace decenas de miles de años.
Los científicos utilizaron estas señales para identificar la excursión geomagnética de Laschamp, un episodio ocurrido hace aproximadamente 41.000 años durante el cual el campo magnético terrestre experimentó una fuerte alteración. Ese acontecimiento dejó señales detectables en diferentes archivos geológicos y constituye un punto de referencia útil para construir cronologías.
El cociente entre cloro-36 y berilio-10 obtenido en el núcleo de 2015 respalda que parte del hielo de Guliya supera los 100.000 años. Los investigadores combinaron esta información con otros registros para extender la escala temporal todavía más atrás.
La datación precisa es esencial porque determina qué acontecimientos climáticos pueden compararse entre diferentes archivos naturales. En la Antártida, una perforación alcanzó hielo de al menos 1,2 millones de años, mostrando la extraordinaria extensión temporal que pueden alcanzar estos registros en condiciones favorables de conservación.
Las cuevas del monzón asiático permitieron extender la cronología
Para comprobar la antigüedad propuesta, el equipo comparó el registro isotópico de Guliya con información obtenida de espeleotemas de cuevas vinculadas al monzón asiático. Las estalagmitas y otras formaciones minerales pueden datarse con gran precisión y conservar señales de las variaciones de las precipitaciones durante largos periodos.
La correspondencia entre ambos archivos respalda una cronología que se extiende hasta aproximadamente 128.000 años. Esa edad sitúa las capas profundas de Guliya en el último periodo interglacial y permite seguir la evolución del sistema climático durante gran parte de un ciclo completo de glaciación y posterior desglaciación.
El registro de δ18O del hielo presenta variaciones relacionadas con cambios orbitales y con la insolación de junio, además de mostrar correspondencias con registros isotópicos de núcleos polares durante el último ciclo glacial. Los autores, sin embargo, señalan que esa relación cambia desde la desglaciación y requiere nuevas investigaciones para comprender su significado.
Los archivos de cuevas también han permitido precisar otros grandes cambios climáticos. Estudios sobre la transición entre periodos glaciales e interglaciales han utilizado estalagmitas para reconstruir cambios asociados al deshielo y a la circulación del Atlántico Norte, demostrando el valor de comparar registros independientes.
Guliya conserva hielo formado durante la última edad glacial
Los resultados indican que el casquete sobrevivió a importantes transformaciones climáticas desde el Pleistoceno tardío. Las muestras datadas mediante radiocarbono en los márgenes del glaciar también respaldan la presencia de hielo correspondiente a etapas glaciales.
La topografía de Guliya podría haber contribuido a preservar capas tan antiguas. La forma del terreno y la dinámica interna del casquete pueden favorecer que determinadas zonas mantengan hielo durante periodos excepcionalmente prolongados, aunque reconstruir con precisión el movimiento de las capas profundas continúa siendo una tarea compleja.
El valor de Guliya resulta especialmente notable entre los glaciares de montaña. Thompson señaló que los registros del Huascarán, en los Andes peruanos, superan los 30.000 años, mientras que el nuevo marco cronológico de Guliya rebasa los 100.000.
La investigación también ayuda a comprender la historia de una región cuya criósfera está cambiando rápidamente. Estudios anteriores mostraron que los glaciares del sureste del Tíbet están perdiendo masa por el calentamiento y por el cambio de parte de las nevadas estivales hacia lluvia, reduciendo la acumulación que permite mantener el hielo.
Un archivo climático que la ciencia quiere seguir explorando
Establecer que Guliya conserva hielo de más de 100.000 años amplía las posibilidades de investigar otros componentes atrapados en sus capas. Los núcleos pueden contener polvo mineral, aerosoles, microorganismos, partículas atmosféricas y distintas señales químicas capaces de aportar información sobre ambientes pasados.
El equipo prevé utilizar futuras muestras para examinar otros indicadores climáticos y ambientales bajo la nueva cronología. Disponer de una escala temporal fiable es indispensable para relacionar las variaciones registradas en el hielo con acontecimientos conocidos en otros archivos paleoclimáticos.
La conservación de este tipo de material adquiere además una dimensión urgente a medida que los glaciares de montaña retroceden. La pérdida de hielo puede destruir capas que todavía no han sido estudiadas o alterar la continuidad de registros acumulados durante miles de años.
Precisamente para evitar esa pérdida, un santuario científico en la Antártida comenzó a almacenar núcleos procedentes de glaciares de montaña amenazados, con el objetivo de conservar físicamente esos archivos para futuras generaciones de investigadores.
Guliya muestra hasta qué punto una masa de hielo situada lejos de los grandes mantos polares puede conservar una historia climática extraordinariamente extensa. La coincidencia entre dos perforaciones separadas por más de dos décadas y las nuevas evidencias isotópicas ofrecen ahora una base más sólida para estudiar cómo cambiaron el clima y los glaciares de Asia durante más de 100.000 años.
Fuentes referenciales:
Science Advances
The Ohio State University
Byrd Polar and Climate Research Center




