Las olas de calor disparan el riesgo de incendios en el oeste de Estados Unidos


Un estudio en Science Advances cuantifica cómo el calor extremo seca la vegetación, favorece rayos secos y aumenta el área quemada


Una ilustración muestra cómo el calor agrava el riesgo de incendios forestales. Crédito: Mukesh Kumar

Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz


Las olas de calor no solo hacen más seco el paisaje: también crean condiciones atmosféricas que pueden acelerar la ignición y propagación de incendios forestales. Una nueva investigación centrada en el oeste de Estados Unidos muestra que estos episodios extremos tienen un peso mucho mayor del que podría sugerir su duración dentro de la temporada cálida.

El estudio, elaborado por Dmitri A. Kalashnikov, Cong Yin, Madhulika Gurazada y Mukesh Kumar, fue publicado en la revista Science Advances y analizó dos décadas de actividad de incendios en el oeste estadounidense, entre 2001 y 2024. El equipo definió las olas de calor como periodos de tres o más días consecutivos con temperaturas dentro del 10% más alto de los días cálidos.

Un periodo corto concentra una gran parte del área quemada

El hallazgo central es contundente: aunque las olas de calor representaron solo entre el 12% y el 15% de los días de la temporada cálida, concentraron el 42% de toda el área quemada por incendios durante el periodo analizado.

Además, la superficie quemada cada día fue más de un 50% mayor durante las olas de calor que en los días más frescos inmediatamente anteriores. En algunas regiones del oeste de Estados Unidos, la diferencia fue mucho más marcada y llegó hasta un 300%.

Este resultado ayuda a explicar por qué los episodios de olas de calor, sequías e incendios forestales tienden a reforzarse entre sí cuando coinciden en regiones con vegetación seca y alta exposición climática.

Cómo el calor favorece la propagación del fuego

La investigación identifica varios mecanismos. El primero es el aumento de la demanda atmosférica de humedad: cuando el aire se calienta, puede extraer más agua del suelo y de la vegetación. Esa evaporación acelerada seca los combustibles vegetales y facilita que ardan con mayor rapidez.

El segundo mecanismo ocurre durante la noche. Las olas de calor reducen la humedad nocturna, lo que permite que los incendios sigan activos durante más horas. En condiciones normales, el aumento de humedad nocturna puede ayudar a moderar la actividad del fuego; cuando esa humedad no se recupera, las llamas mantienen más capacidad de avance.

El tercer factor es la actividad eléctrica. El equipo detectó aumentos de rayos nube-tierra, incluidos rayos secos, durante y después de las olas de calor en amplias zonas del oeste estadounidense. Este tipo de rayo resulta especialmente peligroso porque puede encender vegetación sin aportar lluvia suficiente para apagar el inicio del fuego.

El riesgo persiste después de la ola de calor

El estudio subraya que el peligro no desaparece cuando baja la temperatura. La vegetación seca y el material muerto acumulado en el suelo pueden permanecer anormalmente secos durante varios días, lo que mantiene condiciones favorables para que los incendios sigan creciendo.

En promedio, el séptimo día después del inicio de una ola de calor produjo un aumento cercano al 200% en el área forestal quemada respecto de las condiciones previas al episodio cálido. Este dato muestra que el impacto de una ola de calor no se limita al momento de temperatura máxima, sino que deja una huella inflamable en el paisaje.

El patrón se relaciona con una tendencia más amplia de incendios extremos, donde la combinación de calor, sequedad, combustible disponible y dificultad de respuesta modifica la escala de los riesgos ambientales.

Desde 2001, los días de ola de calor casi se duplicaron

La investigación también muestra una evolución temporal preocupante. Desde 2001, el número de días con olas de calor en los bosques del oeste de Estados Unidos casi se duplicó. En el mismo periodo, el área forestal quemada aumentó 2,5 veces.

El equipo calculó que, sin el aumento de días de ola de calor desde 2001, el área forestal acumulada quemada habría sido un 37% menor. La cifra refuerza la idea de que el calor extremo no actúa como un factor secundario, sino como un motor directo del riesgo de incendios en zonas boscosas.

No todos los ecosistemas respondieron igual. La relación entre más olas de calor y más área quemada fue fuerte en los bosques, pero no se observó del mismo modo en pastizales y matorrales. En esos ambientes, la cantidad de vegetación disponible puede pesar más que el calor por sí solo.

Pronósticos de incendios con más atención al calor extremo

Los autores señalan que los pronósticos de incendios ya incorporan variables como viento, humedad y sequedad del combustible. Sin embargo, las olas de calor no siempre han recibido un papel explícito dentro de esas herramientas de predicción.

El nuevo estudio sugiere que deberían considerarse con mayor atención, porque no representan únicamente episodios incómodos o peligrosos para la salud humana. También pueden funcionar como impulsores directos de incendios más extensos, más activos durante la noche y más difíciles de contener.

El aumento de olas de calor más intensas en distintas regiones del planeta muestra que este tipo de investigación tiene relevancia más allá del oeste de Estados Unidos. La interacción entre temperatura, humedad, vegetación y fuego se está convirtiendo en una pieza central para comprender los nuevos extremos climáticos.

Una señal para la gestión del territorio

El trabajo también se conecta con la preparación frente a temporadas de incendios más largas y superpuestas. En regiones como Norteamérica y Australia, el cambio climático ya está modificando calendarios de riesgo y reduciendo los márgenes de cooperación internacional durante emergencias simultáneas.

En ese contexto, entender cómo las olas de calor alteran la dinámica del fuego puede ayudar a mejorar alertas tempranas, planificación forestal, manejo de combustibles vegetales y respuesta de emergencia. Los estudios sobre temporadas de incendios forestales más superpuestas muestran que el problema ya no puede evaluarse como una suma de eventos aislados.

La evidencia presentada por Kalashnikov y sus colegas apunta a una conclusión operativa clara: cuando una ola de calor se instala sobre paisajes forestales secos, el riesgo de incendio aumenta durante el episodio y puede seguir elevado después. Para las regiones expuestas, esa ventana prolongada de peligro exige vigilancia climática, gestión preventiva y sistemas de alerta capaces de integrar mejor el papel del calor extremo.

Fuente(s) referenciales

Phys.org / The Conversation: Heat waves increase wildfire risk—a new study explains how much, and it’s not a small number