Un estudio incorpora la respuesta de la vegetación al aumento del CO₂ y concluye que la reducción de la pérdida de agua puede moderar el avance de las zonas áridas
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Karem Díaz S.
Una nueva investigación publicada en la revista Environmental Research Letters indica que la respuesta fisiológica de las plantas al aumento del dióxido de carbono atmosférico podría limitar parte de la expansión mundial de las tierras secas prevista para las próximas décadas. El análisis incorpora la reducción de la evapotranspiración vegetal, un proceso que no siempre queda representado adecuadamente en las evaluaciones tradicionales de aridez.
Las tierras secas son regiones donde las precipitaciones resultan bajas en comparación con la capacidad de la atmósfera para extraer agua del suelo y de las plantas. Estos territorios sostienen poblaciones numerosas y ecosistemas especializados, pero su expansión puede agravar la escasez hídrica, la degradación del suelo y la desertificación.
El nuevo trabajo no sostiene que el calentamiento global dejará de aumentar la presión sobre las regiones secas. Su principal aportación consiste en mostrar que las plantas pueden modificar el balance hídrico terrestre y que esta respuesta debe incluirse al calcular cómo cambiarán los límites de las zonas áridas.
El CO₂ modifica la manera en que las plantas utilizan el agua
Las plantas absorben dióxido de carbono a través de diminutos poros de las hojas llamados estomas. Cuando la concentración atmosférica de CO₂ aumenta, muchas especies pueden captar el carbono necesario para la fotosíntesis manteniendo esos poros menos abiertos.
Una menor apertura estomática reduce la cantidad de vapor de agua liberada hacia la atmósfera mediante la transpiración. Como resultado, parte de la humedad puede permanecer durante más tiempo en el suelo, aunque la magnitud de este efecto depende de la especie vegetal, el clima, la disponibilidad de nutrientes y las características del terreno.
El estudio incorpora esta respuesta a la evaluación de la evapotranspiración, que reúne el agua evaporada desde el suelo y la transferida por la vegetación. Al considerar que las plantas pueden perder menos agua bajo concentraciones elevadas de CO₂, las proyecciones muestran una expansión de las tierras secas más limitada que la obtenida mediante métodos que no representan plenamente ese mecanismo.
Medir la aridez exige observar el suelo y la vegetación
Las clasificaciones climáticas suelen emplear índices que comparan la precipitación con la demanda evaporativa de la atmósfera. Si esta última aumenta por efecto de temperaturas más altas, una región puede aparecer en los modelos como progresivamente más árida.
Sin embargo, la demanda atmosférica no equivale automáticamente a la cantidad de agua que realmente abandona el suelo y las plantas. La vegetación regula parte de ese intercambio mediante los estomas, mientras la humedad disponible, el tipo de cobertura vegetal y la profundidad de las raíces también condicionan la evapotranspiración efectiva.
Esta diferencia resulta importante para interpretar la expansión de las tierras secas. Una proyección basada únicamente en variables atmosféricas puede describir correctamente el aumento de la capacidad del aire para absorber humedad, pero no necesariamente la respuesta completa de los ecosistemas terrestres.
La investigación se suma a otros trabajos que advierten sobre la variabilidad de los sumideros naturales. El caso de un bosque templado que dejó de absorber carbono demuestra que la reacción de la vegetación depende de la interacción entre temperatura, agua, respiración del suelo y condiciones ecológicas locales.
Una menor expansión no elimina el riesgo de desertificación
El posible ahorro de agua asociado con una menor transpiración no neutraliza los efectos del cambio climático. Las temperaturas elevadas pueden intensificar la evaporación directa del suelo, aumentar la frecuencia de las olas de calor, prolongar las sequías y favorecer incendios que destruyen la cubierta vegetal.
La degradación de la tierra también está condicionada por actividades humanas como el sobrepastoreo, la deforestación, el uso inadecuado del agua, la salinización y determinadas prácticas agrícolas. Por esa razón, los conceptos de tierra seca, sequía y desertificación no son equivalentes.
Una tierra seca puede conservar ecosistemas saludables y productivos, mientras que la desertificación describe un proceso de degradación. De forma similar, una sequía es un episodio temporal de déficit de agua que puede afectar tanto a regiones áridas como a territorios normalmente húmedos.
El fortalecimiento de El Niño y el riesgo de extremos climáticos añade otra fuente de variabilidad. El fenómeno puede reducir las lluvias en determinadas regiones y aumentarlas en otras, por lo que sus impactos sobre las tierras secas deben evaluarse territorialmente y no mediante una regla global.
La respuesta de las plantas tiene límites e incertidumbres
El efecto del CO₂ sobre la eficiencia en el uso del agua no es uniforme. Las especies responden de manera diferente, y sus ventajas iniciales pueden debilitarse cuando faltan nutrientes, el calor supera determinados umbrales o las sequías se prolongan.
Una mayor concentración de CO₂ también puede estimular el crecimiento de algunas plantas y ampliar su superficie foliar. Si aumenta la cantidad total de hojas, parte del ahorro de agua producido en cada estoma podría quedar compensado por una mayor cobertura vegetal. La disponibilidad real de humedad dependerá del equilibrio entre estos procesos.
Los incendios, las plagas, los cambios en el uso del suelo y la pérdida de biodiversidad agregan nuevas incertidumbres. La respuesta observada en un ecosistema concreto no debe trasladarse automáticamente a todas las regiones áridas o semiáridas del planeta.
Los investigadores tampoco presentan el aumento del CO₂ como un beneficio ambiental general. El gas sigue siendo el principal impulsor del calentamiento causado por las actividades humanas, con consecuencias que abarcan el aumento de las temperaturas, la modificación de las lluvias y una mayor exposición a fenómenos extremos.
Las políticas deben combinar mitigación y gestión territorial
Los resultados pueden ayudar a mejorar los modelos utilizados para planificar el abastecimiento de agua, la conservación de ecosistemas y la adaptación agrícola. Incorporar el funcionamiento de la vegetación permitiría distinguir mejor entre el aumento de la demanda atmosférica y los cambios efectivos en la humedad del suelo.
La gestión de las tierras secas requiere conservar la cobertura vegetal, reducir la erosión, proteger acuíferos y adaptar el uso del suelo a la disponibilidad hídrica. La restauración necesita emplear especies compatibles con el territorio y evitar plantaciones que consuman más agua de la que el ecosistema puede proporcionar.
Estas medidas deben acompañar la reducción de gases de efecto invernadero. La ruta para contener el aumento de la temperatura global sitúa los recortes rápidos de emisiones como la principal herramienta para limitar la presión climática sobre el agua, los suelos y la vegetación.
El riesgo aumenta con cada fracción adicional de calentamiento. Como advierte el análisis sobre las consecuencias de superar temporalmente los 1,5 grados, la mitigación debe avanzar junto con medidas de adaptación destinadas a las comunidades y ecosistemas más expuestos.
El nuevo estudio ofrece una visión más matizada de la futura distribución de las tierras secas: la vegetación no actúa como un elemento pasivo frente al cambio atmosférico, sino como parte activa del ciclo del agua. Representar correctamente esa interacción será esencial para evitar sobreestimaciones o subestimaciones del riesgo y orientar decisiones sobre conservación, agricultura y seguridad hídrica.
Fuente referencial:
Phys.org




