Especialistas advierten que la detección temprana, el manejo forestal y el uso planificado del fuego deben coordinarse según el territorio y el nivel de riesgo
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
La respuesta de Estados Unidos ante los incendios forestales pierde eficacia cuando intenta convertir una sola medida en la solución dominante para todo el país. Así lo sostienen los especialistas Tony Cheng y Matthew Thompson, vinculados a la Universidad Estatal de Colorado, quienes plantean que la magnitud y diversidad del riesgo exige coordinar varias estrategias en lugar de enfrentar entre sí la extinción rápida, el manejo de la vegetación y el uso controlado del fuego.
El análisis identifica tres grandes corrientes dentro de la gestión estadounidense. Una prioriza detectar los focos y extinguirlos cuanto antes; otra propone ampliar la tala selectiva, el aclareo y la reducción de combustibles; y una tercera defiende permitir que determinados incendios ardan bajo condiciones consideradas seguras para recuperar funciones ecológicas y reducir acumulaciones de vegetación.
Los autores no sostienen que alguna de estas herramientas deba abandonarse. Su argumento es que ninguna puede resolver por sí sola una crisis condicionada por el clima, la estructura de los bosques, la expansión urbana, las fuentes de ignición y las capacidades operativas disponibles en cada región.
Tres enfoques con funciones y límites diferentes
La detección temprana mediante cámaras, sensores, satélites y modelos informáticos puede reducir el tiempo entre el inicio de un incendio y la movilización de los equipos. Estas tecnologías resultan especialmente importantes cuando existen vidas, viviendas o infraestructuras expuestas, pero localizar rápidamente un foco no garantiza que pueda controlarse si el viento, la sequedad y la topografía favorecen una propagación extrema.
El desarrollo de sistemas de alerta de incendios con datos en tiempo real muestra cómo la observación terrestre puede apoyar las decisiones operativas. Su utilidad depende, sin embargo, de que la información llegue a los responsables adecuados y esté integrada con protocolos, personal y recursos suficientes.
La reducción de combustibles mediante aclareos, poda, retirada de vegetación o quemas prescritas busca modificar el comportamiento potencial del fuego. Estas intervenciones pueden facilitar las operaciones de extinción y disminuir la intensidad en lugares seleccionados, pero no eliminan el riesgo y requieren planificación, mantenimiento y adaptación a las características ecológicas de cada paisaje.
La tercera corriente reconoce que el fuego forma parte del funcionamiento de numerosos ecosistemas. Bajo determinadas condiciones, las autoridades pueden emplear quemas prescritas o gestionar incendios naturales dentro de límites previamente evaluados. Esta opción no equivale a dejar avanzar cualquier frente sin control: exige valorar el tiempo meteorológico, los combustibles, el humo, la capacidad de contención y la proximidad de comunidades.
La competencia entre soluciones fragmenta la gestión
Según el planteamiento de Cheng y Thompson, el problema aparece cuando instituciones, presupuestos y responsables políticos se organizan alrededor de una estrategia preferente. La solución que gana visibilidad en un momento determinado puede concentrar recursos mientras otras capacidades necesarias quedan relegadas.
Esta competencia dificulta construir un sistema que actúe antes, durante y después de los incendios. La prevención territorial, la preparación de las comunidades, la respuesta de emergencia y la recuperación forestal pertenecen a fases distintas, pero están conectadas. Una intervención que reduce el peligro en un lugar puede resultar insuficiente o inadecuada en otro.
La necesidad de ajustar las medidas al contexto también se observa en los espacios naturales protegidos expuestos a incendios. El valor ecológico de estas áreas no las excluye del riesgo y obliga a considerar prevención, biodiversidad, seguridad y régimen histórico del fuego de manera conjunta.
Las causas tampoco son exclusivamente naturales. El análisis sobre la doble influencia humana en los incendios europeos refleja una situación aplicable al debate más amplio: las personas intervienen tanto mediante las igniciones y la transformación del territorio como a través del calentamiento que favorece condiciones más secas y peligrosas.
Decidir la estrategia antes de que comience el incendio
Los especialistas proponen superar la búsqueda de una herramienta vencedora y organizar la gestión a partir de objetivos compartidos. Esto supone definir con anticipación qué comunidades, infraestructuras, cuencas y ecosistemas requieren protección prioritaria, además de identificar dónde existen oportunidades seguras para contener o gestionar el fuego.
Una planificación integrada puede combinar mapas de riesgo, pronósticos meteorológicos, características de la vegetación y zonas útiles para las operaciones. También permite establecer qué incendios deben atacarse inmediatamente, dónde conviene preparar líneas de control y bajo qué circunstancias el fuego podría cumplir una función ecológica sin crear un peligro inaceptable.
El calentamiento global añade presión a estas decisiones, pero sus efectos no son uniformes. La relación entre el océano Pacífico y el riesgo de incendios en Estados Unidos y Australia evidencia cómo los patrones climáticos pueden aumentar el peligro en una región mientras lo moderan temporalmente en otra. Por ello, las políticas nacionales necesitan capacidad de adaptación regional.
La recuperación también forma parte de la estrategia
La gestión no termina cuando se extinguen las llamas. Los incendios severos pueden alterar el suelo, reducir la regeneración de árboles, favorecer especies invasoras y aumentar la erosión. Las decisiones posteriores deben considerar la intensidad del evento, las especies presentes, la disponibilidad de agua y las posibilidades reales de recuperación natural.
Un proyecto desarrollado en California analiza precisamente cómo restaurar bosques después de los incendios mediante el estudio de microorganismos del suelo y ensayos con especies nativas. Este tipo de trabajo refuerza la idea de que no existe una fórmula universal, ni para prevenir el fuego ni para reparar sus consecuencias.
El enfoque defendido por Cheng y Thompson desplaza así la discusión desde qué herramienta debe imponerse hacia cómo combinar capacidades complementarias. La extinción seguirá siendo indispensable cuando haya vidas y bienes amenazados; el manejo forestal puede modificar el riesgo en zonas prioritarias; y el uso planificado del fuego puede contribuir a mantener determinados ecosistemas. La eficacia depende de aplicar cada recurso en el lugar, el momento y la escala adecuados.
Fuentes referenciales:
Phys.org
Servicio Forestal de Estados Unidos




