Un proyecto continental que progresa, pero enfrenta falta de fondos e inseguridad
Redacción Noticias de la Tierra
Hace casi veinte años comenzó uno de los proyectos ambientales y sociales más ambiciosos del planeta: la Gran Muralla Verde, un cinturón de vegetación de aproximadamente 8.000 kilómetros de largo y 15 kilómetros de ancho que atraviesa 11 países africanos desde Senegal hasta Yibuti. Su objetivo es contener el avance del desierto del Sahara, restaurar tierras degradadas, impulsar la agricultura sostenible y mejorar las condiciones de vida de millones de personas en el Sahel, una de las regiones más vulnerables a la crisis climática.
Aunque la iniciativa ha generado grandes expectativas desde su concepción, su desarrollo avanza lentamente. Según los últimos datos, la ejecución del proyecto apenas roza el 30%, una cifra que refleja tanto los avances logrados como los profundos desafíos que enfrenta: falta de financiación estable, inestabilidad política y graves problemas de seguridad en varios países clave del corredor ecológico. Aun así, la Gran Muralla Verde sigue siendo un símbolo de resiliencia regional y una apuesta a largo plazo para frenar la desertificación que amenaza el futuro de millones de africanos.
Un sueño verde para recuperar tierras y oportunidades
Cuando los países del Sahel lanzaron oficialmente la iniciativa en 2007, el principal objetivo era restaurar tierras degradadas mediante la plantación de árboles resistentes a la sequía, la creación de corredores agroforestales y la puesta en marcha de proyectos comunitarios que permitieran regenerar el suelo y asegurar medios de vida. Se trataba, en esencia, de recuperar la funcionalidad ecológica de un territorio golpeado por décadas de sequía, sobreexplotación y degradación ambiental.
La Gran Muralla Verde no solo pretende frenar la desertificación, sino también impulsar el desarrollo rural. Las áreas restauradas han permitido mejorar la producción agrícola, estabilizar el suelo, aumentar la disponibilidad de agua y reducir la vulnerabilidad frente a fenómenos climáticos extremos. En muchas comunidades, la regeneración de los ecosistemas ha significado la creación de empleo, el fortalecimiento del papel de las mujeres en iniciativas ambientales y un incremento en la seguridad alimentaria.
Pese a los avances, el ritmo de restauración está lejos de lo esperado. Los países necesitan recursos constantes para mantener los viveros, vigilar las zonas reforestadas y garantizar que los árboles no sean talados para obtener leña, una práctica común ante la escasez de energía alternativa. El financiamiento irregular se ha convertido en uno de los mayores obstáculos para alcanzar la visión original del proyecto.
La inseguridad en el Sahel, un freno mayor que la sequía
Más allá de la falta de recursos económicos, el mayor desafío actual es la creciente inseguridad en el Sahel. Países como Mali, Burkina Faso, Níger y Chad enfrentan conflictos armados, actividad de grupos extremistas y desplazamientos masivos de población. Estas situaciones dificultan la supervisión de los proyectos, la movilidad de técnicos y brigadas ambientales, y la participación comunitaria, que es vital para garantizar el éxito de la restauración ecológica.
En algunas zonas, los equipos que deberían plantar, monitorear o proteger las áreas restauradas no pueden acceder por razones de seguridad. Esto provoca retrasos prolongados, pérdidas de áreas ya trabajadas y la imposibilidad de aplicar buenas prácticas agrícolas sostenibles. Aun así, donde las condiciones lo permiten, la población local continúa trabajando en técnicas como la regeneración natural asistida, un método que permite que los árboles vuelvan a crecer a partir de brotes protegidos.
La inseguridad ha disuelto la continuidad territorial del proyecto, fragmentando el cinturón verde en pequeños avances aislados. Sin embargo, incluso estas zonas dispersas representan una esperanza real para frenar la erosión y mejorar los medios de vida en comunidades vulnerables.
Un futuro que requiere inversiones sostenidas y cooperación internacional
El potencial de la Gran Muralla Verde sigue siendo enorme. Expertos señalan que, si el proyecto se completara según lo previsto, podría restaurar millones de hectáreas degradadas, captar grandes cantidades de carbono, mejorar la seguridad alimentaria y generar nuevas oportunidades económicas basadas en la agricultura, la agroforestería y el ecoturismo.
Pero para que la iniciativa avance con mayor rapidez y alcance, se requiere una combinación de medidas: financiamiento internacional más estable, políticas regionales coordinadas, inversiones en energía sostenible que reduzcan la presión sobre los árboles y medidas de seguridad que permitan trabajar en las zonas más afectadas por la violencia. La participación comunitaria y el liderazgo local también serán fundamentales para asegurar que los avances no se pierdan con el tiempo.
El Sahel enfrenta un futuro incierto debido al cambio climático, pero la Gran Muralla Verde ofrece una visión alternativa: un paisaje restaurado donde la vegetación sirve de escudo contra la desertificación y como puente para el desarrollo. Aunque el progreso es lento y complejo, el proyecto sigue siendo un recordatorio de que incluso los desafíos globales más grandes pueden abordarse si se combinan ciencia, voluntad política y compromiso social.
Referencias
El País. “La Gran Muralla Verde para frenar la expansión del Sahara avanza, pero se topa con la falta de fondos y la inseguridad en el Sahel.”
Referencias internas y aportes citados en el artículo original.
Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.
