Las partículas finas, el monóxido de carbono y otros compuestos liberados por las llamas pueden viajar largas distancias y agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Eduardo Schmitz
Los incendios forestales activos en Francia y España han reactivado las alertas sobre un peligro que se extiende mucho más allá de las áreas alcanzadas directamente por las llamas: la exposición al humo y a los contaminantes que permanecen suspendidos en la atmósfera.
La combustión de bosques, matorrales y pastizales libera una mezcla de gases y partículas capaces de deteriorar la calidad del aire en comunidades cercanas y en territorios situados a cientos o incluso miles de kilómetros, dependiendo de la intensidad del fuego, la altura de la columna de humo y la dirección del viento.
La Agencia Nacional de Seguridad Sanitaria de Francia advierte que las partículas finas constituyen uno de los componentes más perjudiciales, debido a que pueden penetrar profundamente en los pulmones. La mezcla también contiene monóxido y dióxido de carbono, además de compuestos orgánicos volátiles como acroleína, formaldehído y benceno.
Cuando las llamas alcanzan viviendas, vehículos, instalaciones industriales u otros materiales fabricados, el humo puede incorporar contaminantes adicionales y aumentar la complejidad de la exposición.
Las partículas finas pueden alcanzar pulmones y sangre
El principal riesgo sanitario asociado al humo de los incendios corresponde a las partículas en suspensión, especialmente las conocidas como PM2,5, cuyo diámetro es inferior a 2,5 micrómetros. Su reducido tamaño les permite atravesar las defensas naturales de las vías respiratorias y llegar hasta las zonas más profundas de los pulmones.
Parte de estas partículas puede pasar al sistema circulatorio. La Organización Mundial de la Salud relaciona la exposición al humo de incendios con irritación ocular y respiratoria, disminución de la función pulmonar, bronquitis y agravamiento del asma, además de efectos cardiovasculares.
La contaminación no desaparece necesariamente cuando la columna visible deja de observarse. Las partículas y los gases pueden permanecer en el aire, desplazarse entre regiones y sufrir transformaciones químicas bajo la radiación solar.
Una investigación reseñada por Noticias de la Tierra mostró que los incendios forestales también pueden elevar las concentraciones de ozono superficial, un contaminante secundario que irrita las vías respiratorias y perjudica la vegetación.
Niños, mayores y enfermos crónicos enfrentan más riesgo
Las personas situadas cerca de un incendio pueden experimentar tos, irritación de garganta, dificultad para respirar, escozor en los ojos, dolor de cabeza o sensación de opresión en el pecho. Sin embargo, los efectos pueden aparecer también lejos de la zona incendiada cuando el viento transporta el humo durante horas o días.
Los grupos más vulnerables incluyen a bebés y niños, adultos mayores, mujeres embarazadas y personas con asma, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, afecciones cardiovasculares u otras enfermedades crónicas.
En estos grupos, una exposición que podría provocar molestias temporales en una persona sana puede descompensar una enfermedad previamente controlada, aumentar la necesidad de medicación o requerir atención médica.
La Organización Mundial de la Salud advierte que la exposición a PM2,5 procedente de incendios puede causar o agravar enfermedades de los pulmones y el corazón, mientras que los episodios repetidos plantean interrogantes adicionales sobre consecuencias neurológicas y otros efectos a largo plazo.
Los bomberos reciben una exposición especialmente intensa
Los bomberos y trabajadores de emergencia afrontan concentraciones elevadas de humo mientras combaten las llamas, vigilan zonas aparentemente extinguidas, investigan el origen del fuego o retiran vegetación y materiales quemados.
La exposición puede continuar después de abandonar el perímetro incendiado. El hollín y otros residuos contaminantes pueden adherirse a uniformes, vehículos, mangueras y equipos, y ser trasladados hasta los parques de bomberos si no se aplican procedimientos adecuados de limpieza.
El riesgo se combina con calor extremo, deshidratación, esfuerzo físico intenso, privación del sueño y fatiga acumulada. Estas condiciones pueden reducir la capacidad de respuesta del organismo y aumentar la posibilidad de accidentes durante las operaciones.
La emergencia europea se desarrolla después de que Francia, España y Portugal registraran miles de hectáreas quemadas tras episodios de calor extremo, evacuaciones y una intensa movilización de servicios de extinción.
El humo puede recorrer grandes distancias
Las partículas más pequeñas y ligeras pueden permanecer suspendidas durante periodos prolongados. Las corrientes atmosféricas tienen capacidad para trasladarlas desde regiones rurales hasta ciudades alejadas del frente del incendio.
La distancia no elimina por completo el riesgo. Aunque las concentraciones suelen disminuir al dispersarse, grandes incendios o varios focos simultáneos pueden generar episodios regionales de contaminación, reducir la visibilidad y provocar alertas de calidad del aire en lugares sin llamas cercanas.
Este comportamiento se ha observado recientemente con el humo de incendios que cubrió ciudades de Estados Unidos y elevó los índices de contaminación, obligando a las autoridades a recomendar restricciones de las actividades al aire libre.
El humo también puede infiltrarse en viviendas y edificios. Un estudio previo indicó que más de mil millones de personas estuvieron expuestas en interiores a niveles elevados de partículas de incendios al menos durante un día al año entre 2003 y 2022.
Cómo reducir la exposición durante un episodio de humo
Las autoridades sanitarias recomiendan permanecer dentro de edificios cuando la calidad del aire sea desfavorable y siempre que el inmueble se encuentre fuera de una zona sujeta a evacuación. Las indicaciones oficiales de protección civil deben prevalecer ante cualquier recomendación general.
Mantener puertas y ventanas cerradas puede disminuir la entrada de humo. También conviene reducir temporalmente otras fuentes de contaminación interior, como el tabaco, las velas, las estufas de leña, los aerosoles y las actividades de cocina que produzcan gran cantidad de humo.
Las personas vulnerables deben limitar el ejercicio y los esfuerzos intensos al aire libre. La actividad física aumenta la frecuencia respiratoria y, con ella, la cantidad de contaminantes inhalados.
Cuando sea imprescindible salir y las autoridades lo aconsejen, una mascarilla FFP2 o N95 bien ajustada puede reducir la inhalación de partículas. Estas mascarillas no ofrecen protección completa frente a todos los gases presentes en el humo y resultan menos eficaces cuando no sellan correctamente alrededor de la nariz y la boca.
Los sistemas de filtración y purificación del aire pueden disminuir la concentración de partículas en espacios cerrados, siempre que cuenten con filtros adecuados y sean utilizados conforme a las instrucciones del fabricante.
Qué síntomas requieren atención médica
La irritación leve de ojos, nariz o garganta puede aparecer durante episodios de humo, pero la dificultad respiratoria intensa, el dolor en el pecho, la confusión, el desmayo, la coloración azulada de labios o rostro y el empeoramiento repentino de una enfermedad requieren atención sanitaria urgente.
Las personas con asma u otras afecciones crónicas deben mantener accesibles sus medicamentos habituales y seguir el plan indicado por su profesional de salud. No deben modificar dosis ni suspender tratamientos sin asesoramiento médico.
Las autoridades recomiendan consultar información oficial sobre incendios, evacuaciones y calidad del aire. La concentración de humo puede cambiar rápidamente por variaciones del viento, por lo que un cielo despejado durante parte del día no garantiza que el riesgo haya desaparecido.
Incendios más extremos agravan la contaminación atmosférica
El riesgo asociado al humo crece en un contexto de temporadas de incendios más prolongadas, olas de calor, sequías y vegetación seca. La OMS señala que los incendios forestales están aumentando en frecuencia, gravedad y duración en distintas regiones del planeta.
Además de sus efectos sanitarios, las columnas de humo liberan gases de efecto invernadero y aerosoles que alteran la composición de la atmósfera. Algunas partículas pueden incluso influir sobre el balance de radiación y permanecer activas más tiempo de lo previsto, como se ha documentado en estudios sobre la capacidad del humo para absorber energía y calentar la atmósfera.
La vigilancia de partículas, ozono y otros contaminantes se convierte así en una parte esencial de la respuesta ante incendios. Los sistemas de alerta temprana deben comunicar no solo la proximidad de las llamas, sino también la evolución del humo y sus posibles efectos sobre comunidades alejadas.
Fuentes referenciales:
Phys.org
Organización Mundial de la Salud
Oficina Regional de la OMS para Europa
