Un estudio de Harvard y la Universidad de Ghana vincula los aguaceros intensos y las sequías estacionales con gran parte de las variaciones anuales en la producción
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
Una investigación internacional encabezada por científicos de la Universidad de Harvard y la Universidad de Ghana identificó que las lluvias extremas pueden reducir las cosechas de cacao tanto como la sequía. El estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), analizó datos de Ghana y contrastó sus resultados con registros de Ecuador e Indonesia.
Los investigadores encontraron que el exceso de lluvia durante la estación húmeda, combinado con la escasez de precipitaciones en la temporada seca, explica aproximadamente dos tercios de las variaciones anuales de la producción cacaotera en Ghana. El resultado cuestiona los análisis que se concentran exclusivamente en la sequía o en los valores climáticos promedio.
La investigación también plantea que fenómenos de gran escala, como El Niño y las fluctuaciones de la temperatura superficial del Atlántico, podrían ayudar a anticipar con varios meses de antelación algunas temporadas de bajo rendimiento. Esa capacidad ofrecería a los agricultores más tiempo para proteger los cultivos y organizar las labores de manejo.
La lluvia intensa daña etapas sensibles del cacao
El cacao es un cultivo perenne cuyo rendimiento depende de una secuencia prolongada de floración, polinización y desarrollo de las mazorcas. Un episodio de lluvia excesiva durante una etapa crítica puede perjudicar el proceso productivo, aunque el total anual de precipitaciones permanezca dentro de los valores habituales.
En Ghana, los aguaceros más perjudiciales suelen producirse entre abril y junio, cuando los árboles florecen y comienzan a formar las mazorcas jóvenes. Las gotas grandes pueden dañar las flores, mientras que la humedad persistente favorece enfermedades fúngicas durante la floración y las primeras fases de crecimiento del fruto.
El déficit de agua aparece en otro momento del ciclo. Entre noviembre y febrero, una estación seca con pocas precipitaciones puede afectar las mazorcas que todavía están desarrollándose. De esta manera, una misma cosecha puede quedar expuesta primero a un exceso de agua y después a una sequía.
El estudio advierte que trabajar únicamente con la temperatura media o la precipitación acumulada puede ocultar estos daños. Lo decisivo no es solo cuánto llueve, sino cuándo ocurre la lluvia, qué intensidad alcanza y en qué fase se encuentran los árboles.
Dos décadas de registros permitieron aislar la señal climática
El equipo utilizó dos décadas de información productiva a escala distrital proporcionada por la Junta del Cacao de Ghana. Como la superficie cultivada aumentó durante ese periodo, los científicos separaron esa tendencia de largo plazo para observar específicamente las variaciones de una temporada a otra.
Los resultados se compararon con registros meteorológicos diarios y diferentes indicadores: lluvia media, aguaceros extremos, periodos secos, humedad del suelo y temperaturas inusuales. Las precipitaciones intensas durante la estación húmeda y la falta de agua en la época seca fueron los factores climáticos con mayor capacidad para explicar los cambios anuales en Ghana.
Para comprobar si se trataba de una particularidad regional, los investigadores estudiaron también datos de Ecuador e Indonesia. En ambos países hallaron un patrón semejante: los años con lluvias más fuertes durante la estación húmeda tendieron a registrar peores resultados productivos.
El calentamiento del océano ya constituye una señal importante en las zonas cacaoteras sudamericanas. El seguimiento realizado frente a Ecuador ha detectado anomalías térmicas de hasta 4,1 grados en sectores marinos, aunque una temperatura elevada del agua no permite determinar por sí sola la cantidad de lluvia que recibirá cada plantación.
El Niño puede servir como señal de alerta para el cacao
Las precipitaciones que afectan al cacao guardan relación con patrones climáticos que operan a gran escala. El Niño suele favorecer lluvias superiores a las normales en la costa de Ecuador y condiciones más secas en África occidental e Indonesia, pero la respuesta no es idéntica en todos los episodios ni en todas las zonas productoras.
El fortalecimiento del fenómeno previsto para finales de 2026 aumenta la necesidad de vigilancia. Sus posibles consecuencias sobre el agua, la agricultura y la energía ya forman parte de las evaluaciones regionales, como muestra el análisis de los impactos de El Niño en Centroamérica durante 2027.
La influencia del fenómeno tampoco queda restringida a los cultivos. En el Pacífico oriental, los cambios de temperatura y disponibilidad de nutrientes pueden repercutir sobre ecosistemas marinos, una relación examinada en la información sobre las amenazas de El Niño para la biodiversidad de Galápagos.
Los investigadores consideran que el seguimiento de El Niño y de las temperaturas del Atlántico puede contribuir al desarrollo de alertas estacionales para las regiones productoras. Sin embargo, estas señales deben combinarse con pronósticos locales, información sobre humedad del suelo y observaciones directas de las plantaciones.
La adaptación requiere medidas ajustadas al calendario agrícola
Una alerta temprana permitiría programar el control de enfermedades antes de los periodos más lluviosos. Entre las medidas propuestas por el equipo se encuentran conservar una mayor cobertura del dosel para amortiguar el impacto de las gotas sobre las flores y mantener hojarasca en el suelo para reducir las salpicaduras capaces de transmitir agentes infecciosos hacia las mazorcas.
Estas acciones no constituyen soluciones universales. Su eficacia depende de la variedad cultivada, la pendiente, el drenaje, la densidad de sombra y las enfermedades presentes en cada finca. Por ello, las previsiones climáticas deben transformarse en recomendaciones agronómicas específicas para cada territorio.
El estudio reconoce además que la lluvia no es el único factor que modifica la producción. El envejecimiento de los árboles, las plagas, las enfermedades, el costo de los fertilizantes, la minería y el contrabando también pueden reducir las cosechas. Los registros meteorológicos, por otra parte, no siempre captan adecuadamente los aguaceros más intensos.
La combinación de amenazas climáticas y productivas puede aumentar la inestabilidad del suministro. La concentración de la oferta mundial en unas pocas regiones hace que una mala temporada tenga efectos sobre procesadores, fabricantes y consumidores. En 2024, el precio del cacao crudo llegó a triplicarse en medio de una fuerte caída productiva.
El cambio climático complica las previsiones de lluvia
El calentamiento global puede modificar la distribución, duración e intensidad de las precipitaciones tropicales. No obstante, los modelos climáticos todavía encuentran dificultades para representar con precisión el régimen de lluvias de África occidental y proyectar su evolución durante las próximas décadas.
Esta incertidumbre obliga a evitar interpretaciones deterministas. Un El Niño fuerte aumenta la probabilidad de anomalías, pero no garantiza pérdidas equivalentes en Ghana, Ecuador e Indonesia. La respuesta final dependerá de la ubicación de los aguaceros, el momento del ciclo agrícola y la capacidad de adaptación de cada sistema productivo.
El trabajo aporta una herramienta para reconocer riesgos que pueden pasar inadvertidos en los promedios climáticos. También coincide con la advertencia de que los métodos convencionales pueden subestimar escenarios climáticos inéditos cuando diferentes amenazas actúan de forma simultánea o sucesiva.
Fuentes referenciales:
Infobae
Harvard University vía Phys.org
Proceedings of the National Academy of Sciences




