Un estudio publicado en Science Advances encontró concentraciones tóxicas del metal en sedimentos del lago Cobá y el cenote Xcach, junto con señales de un profundo deterioro de sus ecosistemas acuáticos.
Redacción: Redacción Noticias de la Tierra
Editor: Eduardo Schmitz
La contaminación por mercurio no es un problema exclusivamente moderno. Una investigación científica publicada en noviembre de 2026 ha descubierto que el uso de este metal por las antiguas comunidades mayas estuvo relacionado con un grave deterioro ambiental en dos cuerpos de agua de la península de Yucatán, en México, donde las concentraciones del contaminante alcanzaron niveles considerados peligrosos para la vida acuática.
El estudio, encabezado por Matthew Neal Waters, de la Universidad de Auburn, en Estados Unidos, examinó los sedimentos del lago Cobá y el cenote Xcach, situados en las antiguas tierras bajas mayas. Los resultados, publicados en la revista Science Advances, indican que la contaminación persistió durante siglos y coincidió con importantes alteraciones de las comunidades de microorganismos e invertebrados que sostenían estos ecosistemas.
Los investigadores relacionan la presencia del metal con el empleo de mercurio líquido y cinabrio, un mineral de color rojo intenso que contiene sulfuro de mercurio y que los mayas utilizaban en actividades ceremoniales, ornamentales y funerarias.
El hallazgo amplía considerablemente el conocimiento sobre la distribución histórica de este contaminante. Aunque investigaciones anteriores habían identificado mercurio en determinados asentamientos mayas, los nuevos resultados muestran que sus efectos también pudieron extenderse a lagos y cenotes de una región donde esa contaminación no había sido documentada con el mismo detalle.
Los sedimentos conservaban una historia de contaminación de más de 2.000 años
Para reconstruir la evolución ambiental de ambos lugares, el equipo científico extrajo núcleos de sedimentos de los fondos acuáticos. Estas muestras contienen capas sucesivas de materiales acumulados a lo largo del tiempo y permiten estudiar cambios químicos y biológicos ocurridos mucho antes de que existieran los sistemas modernos de vigilancia ambiental.
Los investigadores utilizaron dataciones por radiocarbono de fragmentos de carbón y madera para establecer la antigüedad de las distintas capas. Algunas correspondían a depósitos formados hace más de 2.000 años.
Posteriormente, midieron las concentraciones de mercurio y analizaron restos de organismos conservados en los sedimentos. El objetivo era determinar no solamente cuándo aumentó la presencia del metal, sino también si esos episodios coincidieron con transformaciones en la vida acuática.
El procedimiento se basa en la capacidad de los fondos lacustres para conservar señales de la actividad humana. Este principio también se utiliza en investigaciones sobre los sedimentos como archivos históricos de contaminación ambiental, aunque los materiales y los períodos examinados sean diferentes.
En el caso de Yucatán, la combinación de mediciones químicas y restos biológicos permitió identificar episodios prolongados de exposición al mercurio y evaluar sus posibles consecuencias ecológicas.
El lago Cobá registró un aumento del mercurio desde el siglo I
En el lago Cobá, las concentraciones del contaminante comenzaron a elevarse aproximadamente hacia el año 40 de nuestra era.
Los valores alcanzaron uno de sus máximos entre los años 250 y 300, un período que coincide con el desarrollo de importantes centros urbanos y ceremoniales de la civilización maya.
La contaminación se mantuvo durante varias generaciones y posteriormente disminuyó, hasta aproximarse a los niveles de fondo alrededor del año 520.
Los investigadores compararon los valores detectados con criterios modernos de calidad de sedimentos. Según el análisis, algunas concentraciones superaron los umbrales asociados con una elevada probabilidad de efectos perjudiciales para los organismos acuáticos.
Esta comparación no significa que existieran normas ambientales equivalentes en la época maya. Los valores actuales se utilizaron como referencia científica para evaluar la toxicidad potencial de los depósitos antiguos.
El resultado indica que las actividades humanas podían modificar sustancialmente la química de un ecosistema acuático incluso muchos siglos antes de la industrialización.
El cenote Xcach sufrió una contaminación más prolongada
La situación reconstruida en el cenote Xcach fue especialmente significativa por la duración y la intensidad de los episodios de contaminación.
Los sedimentos mostraron concentraciones de mercurio que alcanzaron niveles considerados gravemente perjudiciales para la vida acuática según los criterios actuales.
El máximo identificado se situó aproximadamente alrededor del año 720 de nuestra era, durante el Período Clásico maya.
Las concentraciones elevadas persistieron durante varios siglos, lo que sugiere que el contaminante pudo mantenerse disponible en el ambiente durante períodos suficientemente largos para alterar las comunidades biológicas.
Los investigadores consideran que el mercurio utilizado en los asentamientos cercanos pudo ser transportado hacia los cuerpos de agua mediante procesos de escorrentía, erosión y movilización de materiales contaminados.
El estudio no establece que cada partícula del metal procediera de una actividad ceremonial concreta. Sin embargo, la distribución temporal y espacial de las concentraciones resulta compatible con la influencia de las prácticas humanas relacionadas con el uso del mercurio y el cinabrio.
Algas, bacterias e invertebrados muestran señales de deterioro
Uno de los aspectos más relevantes de la investigación es que los científicos no se limitaron a medir la presencia de un contaminante químico.
También buscaron evidencias de cambios en las comunidades biológicas de los lagos, especialmente en organismos microscópicos que forman la base de las redes alimentarias acuáticas.
Durante los períodos de mayor contaminación, los registros sedimentarios mostraron fuertes disminuciones de algas, bacterias y cianobacterias.
Los restos de pequeños animales acuáticos también se hicieron menos abundantes o desaparecieron de determinadas capas.
En Cobá, las alteraciones afectaron a organismos como ostrácodos y gasterópodos. En Xcach se identificaron cambios relacionados con pequeños insectos acuáticos, incluidos mosquitos no picadores.
La coincidencia entre los máximos de mercurio y el deterioro de estos organismos respalda la hipótesis de que la contaminación contribuyó a desestabilizar los ecosistemas.
Sin embargo, los resultados deben interpretarse con precisión: los sedimentos proporcionan evidencias de alteraciones ecológicas compatibles con toxicidad por mercurio, pero no permiten reconstruir cada interacción biológica ni descartar por completo la influencia simultánea de otros factores ambientales.
La sensibilidad de las comunidades acuáticas a los cambios químicos también ha sido examinada en estudios sobre la retención de contaminantes y nutrientes en los sedimentos de los lagos, donde las condiciones del fondo pueden modificar la disponibilidad de sustancias para los organismos.
La contaminación no apareció en todos los lagos examinados
Para determinar si el mercurio procedía de una fuente regional generalizada, los científicos compararon los resultados de Cobá y Xcach con registros sedimentarios de otros dos lagos.
En esas muestras adicionales no encontraron aumentos equivalentes de las concentraciones del metal.
Esta diferencia resulta importante porque debilita la hipótesis de que toda la contaminación observada hubiera llegado mediante una deposición atmosférica uniforme sobre la península.
En cambio, los resultados apuntan hacia fuentes vinculadas con actividades humanas localizadas y con el transporte del contaminante desde las áreas circundantes hasta los sistemas acuáticos.
El comportamiento del mercurio depende de numerosos factores, entre ellos la composición del suelo, la materia orgánica, las condiciones químicas del agua y los procesos de erosión.
Una vez incorporado a los sedimentos, puede permanecer almacenado durante períodos prolongados. En determinadas circunstancias también puede volver a movilizarse, como se ha observado en investigaciones sobre la liberación de mercurio acumulado históricamente en ambientes antárticos.
Aunque los mecanismos y las condiciones de ambos casos son diferentes, muestran que los sedimentos y otros depósitos naturales pueden conservar contaminantes durante largos períodos.
El uso ceremonial del cinabrio pudo tener consecuencias ambientales
El cinabrio era apreciado por su intensa coloración roja y se utilizaba en distintos contextos culturales y religiosos de Mesoamérica.
Su aplicación en superficies arquitectónicas, objetos decorativos y enterramientos implicaba la manipulación y circulación de materiales que contenían mercurio.
Con el paso del tiempo, una parte de esos materiales podía incorporarse al suelo y desplazarse mediante el agua hacia depósitos naturales.
El nuevo estudio propone que ese proceso contribuyó a la contaminación de los ecosistemas examinados.
El hallazgo aporta una dimensión ambiental a prácticas conocidas principalmente por su importancia arqueológica y cultural. Los materiales empleados por una sociedad pueden dejar señales químicas persistentes en el territorio, incluso cuando sus construcciones y actividades desaparecen.
La investigación también demuestra que los efectos de un contaminante no necesariamente quedan limitados al lugar donde fue utilizado originalmente.
La movilidad de los metales en el agua constituye un problema que sigue siendo relevante en la actualidad. Por ejemplo, investigaciones sobre la liberación de metales hacia los arroyos del Ártico han mostrado cómo determinados cambios ambientales pueden alterar la composición química de las aguas superficiales.
La posible exposición humana todavía no está demostrada
Los investigadores también plantean que la contaminación de los lagos pudo representar una vía de exposición al mercurio para las comunidades mayas cercanas.
El metal puede incorporarse a las redes alimentarias acuáticas y determinadas formas químicas, especialmente el metilmercurio, pueden acumularse en los organismos.
La presencia de peces y otros recursos acuáticos en la alimentación de las poblaciones antiguas hace plausible que existieran rutas de exposición humana.
No obstante, el estudio no midió directamente las concentraciones de mercurio en restos humanos ni demostró enfermedades específicas causadas por este contaminante entre los habitantes de Cobá y Xcach.
Por ello, los autores presentan la exposición crónica como una posibilidad sustentada por la evidencia ambiental, no como un hecho clínico comprobado.
También advierten que la contaminación pudo sumarse a otras presiones conocidas en las antiguas tierras bajas mayas, como la sequía, la deforestación y las transformaciones del paisaje.
La investigación no demuestra que el mercurio provocara el abandono de ciudades ni el declive de la civilización maya. Su aportación consiste en identificar un factor de estrés ambiental que hasta ahora había recibido menos atención en las reconstrucciones de estos ecosistemas.
Los sedimentos posteriores pudieron aislar parte del mercurio
Después de los períodos de mayor contaminación, las concentraciones registradas en algunas capas comenzaron a disminuir.
Una explicación propuesta por los investigadores es que la acumulación de nuevos sedimentos pudo cubrir parte de los depósitos contaminados y reducir su contacto con el agua y los organismos.
Ese enterramiento habría contribuido a limitar la exposición posterior, aunque no implica que el mercurio desapareciera químicamente del ambiente.
La distinción es relevante: un contaminante puede dejar de estar disponible para los organismos cuando queda aislado en los sedimentos, pero continuar presente en el sistema.
Los cambios en las condiciones físicas y químicas de los fondos acuáticos pueden influir en su estabilidad a largo plazo.
El estudio ofrece así una oportunidad para comprender cómo evolucionan los depósitos históricos de contaminación y por qué algunos ecosistemas muestran señales de recuperación después de episodios prolongados de deterioro.
Una nueva perspectiva sobre la historia ambiental de Yucatán
Los resultados de Cobá y Xcach amplían el conocimiento sobre las consecuencias ecológicas de las actividades humanas en la antigua Mesoamérica.
La investigación muestra que la contaminación por mercurio pudo extenderse más allá de los espacios ceremoniales y urbanos, alcanzando cuerpos de agua utilizados por comunidades y organismos silvestres.
También proporciona una referencia para futuras investigaciones arqueológicas y ambientales que busquen relacionar el uso histórico de minerales con las transformaciones de los ecosistemas.
Los autores consideran necesario continuar examinando sedimentos de otros lagos y cenotes de la región para establecer la distribución geográfica de la contaminación y determinar hasta qué punto los resultados pueden extrapolarse a otros asentamientos mayas.
La reconstrucción evidencia que los impactos ambientales de una sociedad pueden persistir durante siglos y conservarse en archivos naturales mucho después de que desaparezcan las actividades que los originaron.
Fuentes referenciales:
Science Advances — Toxic mercury, aquatic ecosystem collapse, and the ancient Lowland Maya
Phys.org — Ancient Maya mercury use may have come at a severe environmental cost, 5 de noviembre de 2026




