El potente episodio de 2026 puede intensificar lluvias, inundaciones, sequías y calor en distintas regiones, mientras especialistas advierten que la infraestructura no es el único factor que determina la vulnerabilidad urbana
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Karem Díaz S.
El fortalecimiento de El Niño durante 2026 está elevando la presión sobre ciudades y comunidades que podrían enfrentar lluvias extremas, inundaciones, deslizamientos, sequías y episodios de calor durante los próximos meses. La preparación frente al fenómeno, sin embargo, no depende únicamente de carreteras, drenajes, presas o redes eléctricas: investigadores en resiliencia climática advierten que las condiciones sociales de la población pueden determinar qué grupos sufren las consecuencias más graves.
El episodio está firmemente establecido en el Pacífico tropical y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) anticipa que continuará intensificándose hasta alcanzar una categoría muy fuerte hacia finales de 2026. La organización estima una probabilidad cercana al 100 % de que El Niño persista hasta febrero de 2027, aunque recalca que un fenómeno muy intenso no produce automáticamente los mismos efectos en todos los países.
Las temperaturas excepcionalmente elevadas del Pacífico central y oriental ya han modificado patrones atmosféricos. El índice Niño 3.4 alcanzó aproximadamente 2 °C por encima del promedio en julio y posteriormente se observaron valores semanales todavía mayores. Esta evolución confirma el rápido fortalecimiento de un fenómeno cuyo funcionamiento y capacidad para alterar lluvias y temperaturas a miles de kilómetros del Pacífico dependen de la interacción entre océano y atmósfera.
El Niño redistribuye lluvias y temperaturas alrededor del planeta
El Niño corresponde a la fase cálida de El Niño-Oscilación del Sur (ENSO), un patrón natural que aparece cada pocos años cuando las temperaturas de la superficie del Pacífico ecuatorial central y oriental aumentan por encima de sus valores habituales. Esa anomalía modifica los vientos y la circulación atmosférica y puede desplazar los patrones de precipitación en regiones muy alejadas del océano tropical.
Algunas zonas normalmente húmedas pueden atravesar periodos secos, mientras territorios habitualmente más áridos pueden recibir precipitaciones extraordinarias. El fenómeno también suele elevar temporalmente la temperatura media mundial, superponiendo su influencia natural al calentamiento de largo plazo provocado por las emisiones humanas de gases de efecto invernadero.
La intensidad prevista para 2026-2027 aumenta la vigilancia, pero no permite deducir por sí sola cuánto lloverá o qué temperatura alcanzará una ciudad concreta. Otros factores climáticos, entre ellos las condiciones de los océanos Índico y Atlántico, pueden reforzar, debilitar o modificar las respuestas regionales.
Esta incertidumbre ya estaba presente en las primeras proyecciones del año. En mayo, los modelos señalaban la posibilidad de un El Niño excepcionalmente intenso y con amplias repercusiones sobre las lluvias y los recursos hídricos, pero los especialistas advertían entonces que todavía era necesario observar cómo responderían los vientos del Pacífico.
Drenajes, presas y carreteras concentran parte del riesgo urbano
La preparación de las ciudades suele comenzar por la infraestructura física. Ante la posibilidad de lluvias intensas, las autoridades necesitan revisar sistemas de drenaje y control de inundaciones, retirar obstáculos de los cauces, inspeccionar presas y diques y evaluar carreteras, puentes y otras estructuras expuestas.
También resulta importante identificar árboles que puedan caer sobre líneas eléctricas durante episodios de viento intenso y mantener operativos los canales de aguas pluviales. La antigüedad de algunas infraestructuras puede incrementar el riesgo cuando coinciden precipitaciones excepcionales con sistemas que llevan años pendientes de reparación o sustitución.
En las zonas costeras aparece un factor adicional. El Niño puede modificar temporalmente el nivel del mar en determinadas regiones y coincidir con mareas altas y con la tendencia de largo plazo del ascenso oceánico. Esa combinación puede incrementar la exposición a inundaciones y erosión en barrios, carreteras e instalaciones construidas cerca de la costa.
California figura entre los territorios bajo especial vigilancia. Las previsiones recientes indican que El Niño eleva el riesgo de lluvias extremas en el sur de California durante el próximo invierno boreal, aunque el resultado final dependerá de la trayectoria de las tormentas y de otros componentes de la circulación atmosférica.
La vulnerabilidad social puede transformar un fenómeno en desastre
La infraestructura representa solo una parte de la preparación. Bethany Tietjen, investigadora especializada en resiliencia climática y ante desastres, señala que los planes gubernamentales pueden concentrarse excesivamente en los riesgos físicos y prestar menos atención a las condiciones sociales que determinan la capacidad de las personas para protegerse y recuperarse.
Entre los grupos que pueden afrontar mayores dificultades se encuentran personas mayores, hogares de bajos ingresos, personas con discapacidad y quienes carecen de vivienda estable. Una orden de evacuación, por ejemplo, no garantiza que toda la población disponga de transporte, alojamiento, medicamentos o recursos económicos suficientes para cumplirla.
Las personas con movilidad limitada pueden necesitar asistencia para llegar a refugios. Los hogares con menos ingresos tienen menor capacidad para realizar reparaciones preventivas, trasladarse temporalmente o afrontar interrupciones laborales. Quienes viven sin un alojamiento seguro quedan particularmente expuestos al calor, las inundaciones y las tormentas.
Estas diferencias también aparecen en la exposición térmica dentro de una misma ciudad. Nuevas herramientas de observación muestran que el calor puede variar considerablemente de un barrio a otro, lo que permite identificar sectores urbanos y grupos de población sometidos a condiciones potencialmente más peligrosas.
Los simulacros permiten detectar fallos antes de las emergencias
Una de las estrategias utilizadas durante 2026 consiste en ensayar escenarios antes de que ocurran las condiciones extremas. En el condado de Los Ángeles, responsables de emergencias y coordinadores comunitarios han realizado ejercicios destinados a comprobar cómo responderían los diferentes departamentos ante tormentas, inundaciones o deslizamientos relacionados con El Niño.
Los ejercicios permiten detectar problemas que podrían pasar inadvertidos en un documento de planificación: refugios con capacidad insuficiente, dificultades de comunicación entre organismos, necesidades de transporte, interrupciones de servicios públicos o grupos de población que no reciben las alertas a tiempo.
En el área de la bahía de San Francisco, las autoridades han insistido en el seguimiento de las notificaciones de emergencia y los pronósticos, especialmente para quienes viven cerca del agua o en laderas susceptibles a inundaciones repentinas y deslizamientos.
Oceanside, en California, también ha establecido un grupo de trabajo sobre El Niño con representantes de obras públicas, ingeniería, bomberos y policía para coordinar la planificación, las comunicaciones y la vigilancia del río San Luis Rey. El objetivo es convertir las previsiones climáticas en medidas concretas antes de que se produzca una emergencia.
El agua puede faltar en unas regiones y sobrar en otras
La preparación urbana se complica porque El Niño no representa únicamente una amenaza de inundación. Mientras algunas regiones pueden experimentar precipitaciones extraordinarias, otras afrontan sequías capaces de reducir reservas de agua, producción agrícola y generación hidroeléctrica.
La OMM ya ha advertido que el ciclo hidrológico mundial presenta fuertes desequilibrios. En 2025, el 36 % de la superficie de las cuencas evaluadas registró caudales inferiores a lo normal, una situación analizada recientemente en el contexto de un ciclo del agua cada vez más irregular entre sequías e inundaciones.
En América Latina, los impactos comienzan a reflejarse en sectores esenciales. La sequía vinculada a El Niño afecta cultivos y disponibilidad hídrica en determinadas zonas, mientras otras enfrentan el riesgo de lluvias excesivas. El Programa Mundial de Alimentos ha advertido que alrededor de 16 millones de personas podrían quedar expuestas a inseguridad alimentaria debido a los efectos combinados sobre agua, agricultura y medios de vida.
Estas amenazas muestran que los planes de preparación necesitan considerar simultáneamente abastecimiento de agua, drenaje, alimentos, energía, vivienda, transporte y atención sanitaria. Una ciudad puede contar con defensas contra inundaciones y, al mismo tiempo, mantener importantes vulnerabilidades si una emergencia interrumpe el acceso de la población a esos servicios.
Los efectos de un El Niño fuerte no serán iguales en todas partes
La magnitud del calentamiento del Pacífico aumenta la probabilidad de alteraciones importantes del clima, pero no permite trasladar automáticamente las consecuencias de episodios anteriores al evento actual. Cada El Niño interactúa con un estado diferente de los océanos, la atmósfera y el clima global.
En Sudamérica, por ejemplo, el calentamiento del Pacífico puede favorecer lluvias superiores a lo normal en determinados territorios y condiciones más secas en otros. La intensificación de El Niño mantiene bajo vigilancia a diferentes zonas del continente precisamente porque los impactos esperados cambian de una región a otra.
También pueden producirse efectos económicos indirectos. Inundaciones que dañan carreteras y puentes afectan el transporte de alimentos; sequías que reducen caudales pueden perjudicar navegación, agricultura o generación eléctrica; y el calor extremo incrementa la demanda energética y los riesgos para la salud.
La preparación debe basarse, por ello, en pronósticos nacionales y locales y no únicamente en la clasificación global del fenómeno. Los servicios meteorológicos e hidrológicos de cada país siguen siendo las fuentes responsables de emitir alertas específicas sobre lluvias, temperaturas, inundaciones y otros peligros.
Prepararse antes del impacto reduce la exposición
El episodio de 2026 ofrece meses de anticipación para reforzar medidas de prevención. Esa ventaja es particularmente importante porque muchas de las vulnerabilidades que convierten un evento meteorológico en desastre existen antes de la llegada de las lluvias, el calor o la sequía.
Mantenimiento de infraestructura, sistemas de alerta temprana, planes de evacuación accesibles, disponibilidad de refugios, transporte para personas con movilidad reducida y mecanismos de apoyo temporal para hogares desplazados forman parte de una estrategia de preparación más amplia que la protección física de edificios y carreteras.
El Niño es un fenómeno natural y no está causado por el cambio climático. Sin embargo, sus impactos ocurren actualmente sobre un planeta más cálido y sobre ciudades donde el crecimiento urbano, la desigualdad social, el envejecimiento de infraestructuras y la ocupación de zonas expuestas pueden incrementar las consecuencias de los eventos extremos.
El desafío para las ciudades durante los próximos meses será utilizar la información climática disponible para anticipar no solo dónde pueden fallar drenajes, carreteras o redes eléctricas, sino también qué personas tendrán mayores dificultades para protegerse y recuperarse. La capacidad de reconocer esas vulnerabilidades antes de una emergencia puede determinar en gran medida la diferencia entre un episodio meteorológico severo y un desastre urbano de mayores dimensiones.
Fuentes referenciales:
Phys.org
Organización Meteorológica Mundial




