El Niño, una cizalladura excepcional y el aire seco frenaron la intensificación de los ciclones durante el periodo que normalmente concentra la mayor actividad de la temporada
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
La temporada de huracanes del Atlántico de 2026 alcanzó un registro excepcional: hasta mediados de septiembre no se había formado ningún huracán en la cuenca, el comienzo más tardío observado desde que se inició la vigilancia satelital moderna en 1966. Cinco tormentas tropicales habían recibido nombre hasta el 15 de septiembre, pero ninguna consiguió superar el umbral necesario para convertirse en huracán.
La anomalía resulta especialmente significativa porque septiembre coincide con el periodo climatológico de máxima actividad ciclónica en el Atlántico. La temporada oficial comenzó el 1 de junio y se prolongará hasta el 30 de noviembre, por lo que la ausencia inicial de huracanes no significa que haya desaparecido el riesgo para el Caribe, el golfo de México o las costas de Estados Unidos.
La situación confirma en gran medida las señales detectadas durante los meses anteriores, cuando los pronósticos ya anticipaban que El Niño reduciría la actividad prevista de huracanes en el Atlántico. El fenómeno ha favorecido una configuración atmosférica particularmente hostil para la organización de los ciclones tropicales.
Una espera sin precedentes en la era de los satélites
El récord anterior correspondía a las temporadas de 2002 y 2013, cuando el primer huracán apareció el 11 de septiembre. La temporada de 2026 superó esa marca al continuar sin huracanes después de esa fecha, prolongando una ausencia que no tenía precedentes en los 60 años de observaciones satelitales modernas.
Las primeras cinco tormentas con nombre fueron Arthur, Bertha, Cristobal, Dolly y Edouard. Todas alcanzaron intensidad de tormenta tropical, pero ninguna llegó a los 119 kilómetros por hora de viento sostenido que marcan el inicio de la categoría de huracán.
El comportamiento contrasta con la climatología reciente. Para el 10 de septiembre, fecha que históricamente representa el máximo de actividad de la temporada, el Atlántico suele haber producido alrededor de cuatro huracanes. En 2026 no había registrado ninguno.
La baja actividad no fue inesperada. Meses antes, la evolución simultánea de El Niño y las anomalías oceánicas del Atlántico ya apuntaba a condiciones menos favorables para los ciclones, aunque los especialistas insistían en que una temporada menos activa no equivalía a una temporada sin riesgo.
La cizalladura del viento impidió organizar las tormentas
Uno de los factores fundamentales ha sido la intensa cizalladura vertical del viento. Este fenómeno se produce cuando la velocidad o la dirección del viento cambia considerablemente entre diferentes alturas de la atmósfera.
Los ciclones tropicales necesitan mantener una estructura vertical relativamente organizada para concentrar las tormentas alrededor de su centro y fortalecerse. Cuando la cizalladura es elevada, esa estructura puede inclinarse o romperse, separando la convección del centro de circulación y dificultando la intensificación.
Phil Klotzbach, investigador especializado en ciclones tropicales de la Universidad Estatal de Colorado, señaló que la cizalladura sobre la principal región de desarrollo del Atlántico alcanzó niveles extraordinariamente altos durante el verano de 2026. El promedio de 30 días registrado a comienzos de septiembre fue el más elevado desde el inicio de las observaciones satelitales globales utilizadas para este tipo de análisis.
Esta configuración atmosférica está estrechamente relacionada con el intenso episodio de El Niño de 2026. El calentamiento del Pacífico ecuatorial modifica la circulación atmosférica a gran escala y suele aumentar los vientos en altura sobre el Caribe y el Atlántico tropical. El mecanismo ya había sido observado cuando El Niño comenzó a alterar las perspectivas de la temporada de huracanes durante el verano boreal.
El Niño no actuó solo sobre el Atlántico
La cizalladura fue acompañada por aire seco y episodios de polvo procedente del Sahara. Estas masas atraviesan regularmente el Atlántico desde África y pueden reducir la humedad disponible para las tormentas cuando coinciden con otras condiciones atmosféricas desfavorables.
El polvo sahariano forma parte de un sistema de transporte atmosférico capaz de recorrer miles de kilómetros. Su desplazamiento también ha sido observado hacia otras regiones, como muestran los episodios en los que el polvo del Sahara modificó las condiciones atmosféricas sobre Europa. En el Atlántico tropical, la combinación de aire seco, polvo y movimientos descendentes puede dificultar el mantenimiento de la convección necesaria para que una perturbación se organice.
Las temperaturas oceánicas cálidas, por sí solas, tampoco fueron suficientes para compensar ese entorno. Un ciclón necesita una combinación favorable de temperatura del agua, humedad, estructura atmosférica y vientos para intensificarse. Durante buena parte del verano de 2026, varios de esos elementos no coincidieron.
La energía ciclónica cayó a niveles excepcionalmente bajos
La anomalía también quedó reflejada en la Energía Ciclónica Acumulada, conocida como ACE por sus siglas en inglés. Este indicador combina la intensidad y la duración de los sistemas tropicales y permite evaluar la actividad de una temporada más allá del simple número de tormentas.
Hasta el 10 de septiembre, el índice ACE del Atlántico se situaba en apenas 4,4, el valor más bajo registrado para esa fecha desde 1950. El dato muestra que los sistemas que consiguieron formarse fueron, además de escasos, relativamente débiles o de corta duración.
Dolly es un ejemplo. La tormenta se formó el 27 de agosto y sobrevivió menos de 24 horas antes de desorganizarse. Edouard logró una mayor intensidad y se aproximó a la categoría de huracán antes de tocar tierra cerca de la frontera entre Texas y Luisiana, pero tampoco alcanzó el umbral requerido.
El comportamiento de la temporada refuerza la utilidad de las observaciones oceánicas y atmosféricas. Tecnologías como los satélites utilizados para mejorar la vigilancia de huracanes durante El Niño permiten seguir cambios en el nivel del mar, la energía oceánica y otras variables relevantes para los pronósticos.
Una tormenta tropical puede causar daños sin convertirse en huracán
La ausencia de huracanes durante la primera mitad de septiembre no evitó episodios meteorológicos peligrosos. Edouard produjo lluvias intensas e inundaciones en el este de Texas, donde algunas zonas recibieron acumulaciones superiores a 50 centímetros.
Los remanentes de Arthur también provocaron precipitaciones extraordinarias en Luisiana. En Cottonport se midieron 73,8 centímetros de lluvia en 24 horas, una cantidad superior al récord estatal anterior de 55,9 centímetros establecido en 1962, aunque el nuevo registro estaba pendiente de certificación.
Estos episodios muestran que la categoría alcanzada por un ciclón no representa por sí sola todos sus riesgos. Una tormenta tropical puede generar inundaciones repentinas, lluvias torrenciales, oleaje peligroso y otros impactos importantes incluso cuando sus vientos nunca llegan a intensidad de huracán.
La temporada continúa y el riesgo no ha terminado
La NOAA había anticipado para 2026 una temporada por debajo del promedio, condicionada principalmente por El Niño. Su actualización estacional proyectó entre siete y 13 tormentas con nombre, entre dos y seis huracanes y entre cero y dos huracanes mayores.
El Niño continúa siendo una pieza central del escenario climático. Las observaciones y modelos indican que el episodio podría permanecer muy intenso durante los próximos meses, una evolución analizada recientemente al evaluar cómo El Niño está elevando el riesgo de extremos climáticos en distintas regiones.
La historia de la cuenca atlántica demuestra, sin embargo, que una baja actividad acumulada no impide la aparición de un ciclón destructivo. En 1992 solo se produjeron siete tormentas con nombre, pero una de ellas fue Andrew, que alcanzó categoría 5 y provocó daños devastadores en el sur de Florida.
Por esa razón, los meteorólogos mantienen la vigilancia durante el resto de la temporada. La influencia de El Niño y la fuerte cizalladura disminuyen la probabilidad general de desarrollo, pero las condiciones pueden cambiar temporalmente y permitir que una perturbación se organice, especialmente en el Caribe occidental, el golfo de México o sectores próximos a las costas.
Además, después del periodo considerado inicialmente en el récord, la cuenca produjo a Fay, sexta tormenta tropical con nombre de 2026. El sistema permaneció sobre el océano abierto y no alcanzó intensidad de huracán, prolongando la excepcional ausencia de ciclones de esa categoría. El seguimiento de Fay en el Atlántico y Odalys en el Pacífico evidencia también el marcado contraste entre la actividad de ambas cuencas durante este episodio de El Niño.
Fuentes referenciales:
Infobae
National Hurricane Center
NOAA Climate Prediction Center




