Desde el espacio, los científicos detectan olas gigantes de hasta 35 metros

La mirada satelital que revela la furia del océano


🖋️ Redacción Noticias de la Tierra


Los satélites de observación terrestre han revelado un fenómeno impresionante y, hasta hace poco, casi imposible de medir: olas colosales de hasta 35 metros de altura, equivalentes a un edificio de más de diez pisos.

El hallazgo fue posible gracias a los nuevos sistemas de teledetección oceánica de la Agencia Espacial Europea (ESA) y de la NASA, que emplean radares de apertura sintética (SAR) capaces de captar la forma, energía y dirección de las olas en tiempo real desde la órbita terrestre.

Estas observaciones confirman que los océanos del planeta están generando olas extremas con mayor frecuencia e intensidad, un fenómeno vinculado tanto a los efectos del cambio climático como a la dinámica atmosférica global.

Las “olas monstruo”: un mito convertido en dato científico

Durante siglos, los marinos hablaban con temor de las llamadas rogue waves u “olas monstruo”: murallas de agua imprevisibles que emergían en mar abierto sin previo aviso, capaces de destruir embarcaciones y plataformas.

Hasta hace apenas tres décadas, la existencia de estas olas era objeto de escepticismo científico. No fue sino hasta 1995, con el registro de la ola Draupner, una cresta de casi 26 metros medida en el mar del Norte, cuando los investigadores confirmaron que tales eventos eran reales.

Hoy, los datos satelitales permiten no solo confirmar su existencia, sino mapear su distribución global.
Los análisis más recientes detectaron olas de hasta 35 metros en el Atlántico Norte y el Pacífico Sur, especialmente durante tormentas invernales o ciclones extratropicales. En esos escenarios, varias ondas oceánicas pueden combinar su energía y generar una superola de intensidad devastadora.

Una nueva era de observación desde el espacio

Los avances tecnológicos en observación remota han permitido a los científicos monitorizar los mares con una precisión sin precedentes.

Los satélites equipados con radar SAR —como los europeos Sentinel-1 o los estadounidenses SWOT y Jason-CS— emiten microondas hacia la superficie del océano y registran las variaciones de retorno, lo que permite reconstruir la forma tridimensional de las olas incluso en condiciones de tormenta o noche cerrada.

La combinación de estos datos con modelos meteorológicos globales permite identificar zonas de riesgo para la navegación y las plataformas energéticas.

Los investigadores han detectado que las olas extremas tienden a formarse en regiones donde confluyen corrientes oceánicas opuestas y vientos intensos, como el Atlántico Norte, el océano Austral y el mar de Noruega.

Cambio climático y océanos más agitados

Aunque las olas gigantes son fenómenos naturales, su frecuencia parece estar aumentando. Los expertos advierten que el calentamiento global está alterando los patrones de viento y de presión atmosférica, generando tormentas más violentas y prolongadas.

“Los océanos actúan como el gran amortiguador del clima”, explican los oceanógrafos de la ESA. “Pero al absorber más calor, su energía cinética también aumenta, y eso se traduce en olas más potentes y eventos extremos más frecuentes”.

En algunos sectores del Atlántico Norte, los satélites han registrado un aumento del 5 % en la altura promedio de las olas desde el año 2000, una cifra que, aunque parezca pequeña, representa una variación significativa en términos de energía acumulada.

Además, las olas extremas suponen un desafío adicional para las infraestructuras marítimas, como parques eólicos offshore, rutas de transporte o plataformas petroleras.

De la amenaza al conocimiento útil

La nueva generación de modelos oceanográficos no solo busca comprender el fenómeno, sino anticiparlo. Gracias a los datos combinados de satélite y boyas oceánicas, los investigadores están desarrollando sistemas de alerta temprana de olas extremas, capaces de identificar en cuestión de horas las condiciones propicias para que se formen.

Esto permitirá emitir avisos para embarcaciones y reducir riesgos humanos y materiales.
Por primera vez, los científicos pueden estudiar el ciclo completo de una ola gigante: su origen, desarrollo, trayectoria y disipación.

El conocimiento no solo beneficia a la seguridad marítima, sino también al estudio del clima. Las olas gigantes contribuyen al intercambio de gases entre el océano y la atmósfera, y su comportamiento podría ofrecer pistas sobre la absorción de dióxido de carbono y el balance térmico del planeta.

El océano, un gigante en movimiento

Las imágenes satelitales muestran al océano como una superficie viva, en constante transformación. Cada ola, por pequeña o gigantesca que sea, forma parte de un sistema dinámico que conecta el viento, la temperatura y la energía del planeta.

En palabras de los científicos involucrados en el estudio, “entender las olas es entender el pulso de la Tierra”.

Las olas de 35 metros no son solo una curiosidad natural: son una advertencia sobre la fuerza cambiante de los mares y el poder del clima en evolución.
Gracias a la mirada del espacio, ahora sabemos que los océanos aún guardan secretos capaces de sorprender a la ciencia… y de recordarnos su inmensidad.


Referencias

  • AS.com (2025). Los científicos detectan desde el espacio olas de hasta 35 metros.
  • Agencia Espacial Europea (ESA). Sentinel-1 Mission Data Reports (2025).
  • NASA Earth Science Division. Ocean Dynamics and Wave Monitoring.
  • Journal of Physical Oceanography (2025). Global Rogue Waves and Extreme Ocean Events.

Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.