
🖋️ Por Camila Herrera – Crónicas del Terruño
En los llanos venezolanos hay una frase que se repite cada año, casi como una oración: “que el invierno llegue bien”. No es una expresión poética. Es una necesidad. Porque cuando la lluvia falla, falla todo.
Este 2025, el inicio irregular de la temporada de lluvias volvió a poner en pausa a miles de pequeños productores en estados como Guárico, Portuguesa y Barinas. No es la primera vez, pero sí una de las más prolongadas. Las lluvias llegaron tarde, mal distribuidas y con una intensidad que, lejos de ayudar, erosionó suelos ya debilitados.
El campo venezolano no está en crisis por una sola causa. Está cansado. Y esa diferencia importa.
Sembrar con incertidumbre
En comunidades rurales del centro-occidente del país, muchos agricultores retrasaron la siembra de maíz y sorgo esperando un patrón más estable. Algunos apostaron igual, otros prefirieron guardar semilla. Ambos corrieron riesgos.
Según datos recientes de organizaciones agrícolas locales, más del 40 % de los pequeños productores sembró fuera de la ventana óptima, lo que compromete rendimiento y calidad. A eso se suma el costo de los insumos, que sigue siendo alto para economías familiares que operan casi sin financiamiento formal.
“La tierra está lista, pero el cielo no decide”, comenta un productor de San Carlos. Esa frase resume el estado de ánimo rural: voluntad hay, certezas no.
El suelo habla
Más allá del clima, hay otro factor silencioso: el suelo. Años de uso intensivo, poca rotación y escaso acceso a fertilización orgánica han reducido la capacidad de retención de humedad en muchas parcelas.
Técnicos agrícolas advierten que la degradación del suelo amplifica el impacto de las sequías cortas. Donde antes una lluvia sostenía el cultivo varios días, hoy apenas alcanza para sobrevivir.
En respuesta, algunas comunidades han comenzado a recuperar prácticas que parecían olvidadas: cobertura vegetal, abonos naturales, asociación de cultivos. No por moda, sino por necesidad.
Mujeres que sostienen la producción
En este escenario, el rol de las mujeres rurales se vuelve central. En muchas zonas, son ellas quienes gestionan huertos, almacenan semillas y mantienen viva la producción cuando los cultivos extensivos fallan.
En el sur de Portuguesa, cooperativas comunitarias lideradas por mujeres han diversificado la siembra hacia yuca, frijol y hortalizas de ciclo corto. No generan grandes volúmenes, pero aseguran alimento y algo de ingreso local.
No aparecen en estadísticas nacionales, pero sostienen la seguridad alimentaria cotidiana. El campo venezolano, hoy, se mantiene más por resiliencia que por política pública.
Adaptarse sin romanticismo
Hablar de resiliencia no es romantizar la pobreza rural. Es reconocer una capacidad real de adaptación en condiciones difíciles. Pero también es advertir que esa capacidad tiene límites.
Sin acceso estable a agua, asistencia técnica y mercados, el productor se ve obligado a sobrevivir, no a planificar. Y un campo que no planifica, no se recupera.
La nueva temporada de lluvias aún puede mejorar el panorama. Pero cada año irregular deja huellas más profundas. La pregunta ya no es si el clima cambió, sino cuánto más puede aguantar la tierra sin apoyo estructural.
La espera continúa
En el campo venezolano, sembrar sigue siendo un acto de fe. Una fe práctica, sin discursos grandilocuentes. Se siembra porque hay que hacerlo, porque la tierra no se abandona fácilmente.
Mientras el cielo decide, el terruño espera. Y en esa espera, se juega mucho más que una cosecha.
Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.
