Minerales críticos: la transición tecnológica abre nuevas “zonas de sacrificio” para el agua y la salud


La extracción de litio, cobalto, cobre y tierras raras sostiene tecnologías limpias y digitales, pero también agrava la presión sobre comunidades mineras vulnerables en África y América Latina


Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Karem Díaz S.


La transición hacia tecnologías más limpias y sistemas digitales avanzados enfrenta una contradicción ambiental cada vez más difícil de ignorar: los mismos minerales que permiten fabricar baterías, turbinas eólicas, teléfonos móviles, vehículos eléctricos, sistemas de inteligencia artificial y equipos de defensa están generando impactos severos sobre el agua, la salud y la seguridad alimentaria de comunidades ubicadas cerca de las zonas de extracción.

El análisis desarrollado por investigadores del United Nations University Institute for Water, Environment and Health advierte que la demanda mundial de minerales críticos puede reproducir injusticias similares a las que marcaron la era petrolera del siglo XX, pero ahora bajo el lenguaje de la transición energética y tecnológica. Abraham Nunbogu y Kaveh Madani plantean que el problema no está únicamente en la necesidad de estos materiales, sino en la forma en que se extraen, regulan y distribuyen sus costos sociales y ambientales.

El litio permite almacenar energía en baterías. El cobalto ayuda a estabilizarlas. El cobre conduce electricidad. Las tierras raras hacen más eficientes y duraderos dispositivos digitales y turbinas eólicas. Sin embargo, estos materiales requieren grandes cantidades de agua para ser extraídos y procesados, y algunos de sus residuos pueden liberar metales pesados, ácidos y sustancias tóxicas en suelos, ríos y acuíferos.

El agua como primera víctima de la minería crítica

Uno de los datos centrales del trabajo es el volumen de agua asociado a la producción de litio. Solo en 2024, la producción mundial de este mineral habría requerido unos 456.000 millones de litros de agua, una cantidad equivalente a las necesidades domésticas anuales aproximadas de 62 millones de personas en África subsahariana.

La relación causa y resultado es directa: cuanto más crece la demanda de litio para baterías y tecnologías limpias, mayor es la presión sobre regiones donde el agua ya es limitada. En zonas áridas, esa extracción puede profundizar la competencia entre minería, agricultura, ecosistemas y comunidades locales.

El caso del Salar de Atacama, en Chile, aparece como uno de los ejemplos más claros. Allí, las actividades mineras pueden representar hasta el 65% del uso regional total del agua. Esa presión se combina con descensos en los niveles de aguas subterráneas, reducción de lagunas salinas y riesgos crecientes de agotamiento o contaminación de acuíferos de agua dulce.

El problema no se limita a la cantidad de agua usada. La contaminación transforma la extracción en un riesgo persistente. La producción de tierras raras puede generar hasta 2.000 toneladas métricas de residuos por cada tonelada métrica de material utilizable. En muchos procesos, los minerales se separan mediante estanques de lixiviación y sustancias químicas. Cuando esos efluentes no se tratan adecuadamente o se almacenan de forma insegura, pueden filtrarse hacia aguas subterráneas y cursos superficiales.

Salud pública deteriorada en zonas mineras

Las consecuencias sanitarias descritas son especialmente graves en comunidades cercanas a operaciones de cobalto y cobre. En regiones mineras de la República Democrática del Congo se han documentado tasas elevadas de abortos espontáneos, malformaciones congénitas y mortalidad infantil entre poblaciones expuestas a ambientes contaminados con cobalto y otros metales.

El contraste entre zonas cercanas y alejadas de la minería es uno de los puntos más fuertes del análisis: maternidades del sur de la República Democrática del Congo próximas a operaciones mineras reportan significativamente más defectos congénitos que aquellas ubicadas a mayor distancia. La exposición prolongada al agua y al suelo contaminados aparece asociada también con infecciones, irregularidades menstruales, infertilidad y otros problemas ginecológicos en mujeres y niñas que viven cerca de minas de cobalto y cobre.

La vulnerabilidad aumenta porque muchas de estas comunidades carecen de servicios básicos suficientes. En 2024, solo alrededor de un tercio de la población de la República Democrática del Congo contaba con servicios básicos de agua potable. Ese dato es clave porque muestra cómo la contaminación minera no ocurre en territorios con sistemas robustos de salud, agua y saneamiento, sino en lugares donde la población tiene menos capacidad de protegerse, atender enfermedades o exigir reparación.

Chile también aparece en el análisis sanitario. En la región de Antofagasta, la mortalidad por cáncer es la más alta del país, y las tasas de cáncer de pulmón son casi tres veces superiores al promedio nacional. Médicos de la región han reportado además un aumento de trastornos neurológicos y del desarrollo vinculados a la exposición temprana a agua y aire contaminados.

Alimentos, ganado y ríos afectados

El impacto de la minería de minerales críticos también alcanza a los sistemas alimentarios locales. En Perú, la minería de zinc ha contaminado la cuenca del Cunas, afectando agua utilizada para el riego de cultivos y para abastecer al ganado. Esa conexión entre contaminación hídrica y producción de alimentos convierte el problema en una amenaza económica y nutricional para hogares que dependen de la agricultura y la cría de animales.

En Bolivia, la región de Uyuni enfrenta escasez persistente de agua asociada a la minería de litio, lo que dificulta el cultivo de quinua, un alimento central en la dieta y la economía local. En el llamado triángulo del litio, integrado por Argentina, Chile y Bolivia, la expansión minera ha reducido la disponibilidad de agua para cultivos y animales de granja.

La misma lógica se repite en partes de la República Democrática del Congo y Zambia, donde ríos contaminados han contribuido a la disminución de poblaciones de peces y a enfermedades en el ganado. En estos casos, la minería no solo altera el ambiente: debilita las bases cotidianas de subsistencia de comunidades que ya enfrentan inseguridad alimentaria.

Una transición limpia no puede construirse sobre territorios contaminados

Los investigadores advierten que la transición energética y digital necesita reglas más firmes para evitar la creación de nuevas “zonas de sacrificio”, es decir, lugares donde el bienestar humano y ecológico queda subordinado al suministro de materiales para tecnologías consideradas estratégicas.

Entre las medidas planteadas figuran normas internacionales vinculantes, leyes de debida diligencia en las cadenas de suministro, estándares obligatorios de derechos humanos y ambiente para operaciones mineras, controles más estrictos sobre aguas residuales, monitoreo ambiental independiente y mecanismos que den a comunidades locales e indígenas una participación real en la gobernanza de los recursos.

También se menciona la posibilidad de avanzar hacia un fideicomiso mineral global que trate los minerales críticos como activos planetarios compartidos, no solo como mercancías sujetas a la competencia entre países y corporaciones. A nivel de consumo, extender la vida útil de los productos, ampliar el reciclaje y reducir la dependencia de minerales recién extraídos ayudaría a disminuir la presión sobre regiones con estrés hídrico.

El punto de fondo es que los costos sociales y ambientales de las tecnologías modernas suelen permanecer invisibles para quienes las utilizan. La batería de un vehículo eléctrico, un teléfono móvil o un sistema digital puede parecer parte de una solución climática, pero detrás puede haber ríos contaminados, acuíferos agotados, niños expuestos a polvo de cobalto y comunidades con menos agua para cultivar o beber.

La transición hacia una economía más limpia seguirá necesitando minerales críticos. Pero si esa transición se construye sobre territorios empobrecidos, agua contaminada y comunidades enfermas, su promesa ambiental quedará incompleta. El desafío no es detener la innovación, sino impedir que el progreso tecnológico avance trasladando sus daños hacia quienes tienen menos capacidad de defenderse.

Referencias

https://phys.org/news/2026-04-critical-materials-sacrifice-zones-health.html