Despoliticen el cambio climático, por favor


Emilio Chuvieco Salinero, Universidad de Alcalá


Sorprende la capacidad que tienen las organizaciones políticas en España de convertir cualquier tema en ocasión de enfrentamiento ideológico, obviando lo que se sabe en otros ambientes profesionales sobre estas cuestiones. Los ejemplos se multiplican, y desgraciadamente se refieren a temas vitales para el progreso del país, desde la educación hasta la inmigración, la despoblación rural o la sostenibilidad del sistema sanitario.

En los últimos años, uno de los pocos acuerdos sobre políticas ciudadanas entre los grandes partidos ha sido la legislación antitabaco: al fin se escuchó a quienes conocen los efectos perversos de fumar, por encima de los intereses de quienes siguen fomentando su difusión.

Deberíamos proceder de igual forma con el tema del cambio climático. Al igual que el tabaco, se trata de un tema científico con implicaciones sociales. Al igual que sobre el tabaco, tenemos un enorme conocimiento científico sobre las causas y consecuencias del cambio climático, como para que sea irresponsable seguir mirando a otro sitio.

Al igual que el tabaco, hay intereses de las industrias del sector para obstaculizar las decisiones. Al igual que en el tabaco, los impactos sobre la vida de muchos millones de personas serán potencialmente muy graves.

Aparcar la ideología para mirar la realidad

Al igual que el tabaco, o quizá mucho más que el tabaco, las decisiones a tomar en el caso del cambio climático requieren el consenso generalizado de toda la clase política, pues supone repensar nuestro modelo de desarrollo económico y su motor energético.

Todo esto necesita un enorme ejercicio de diálogo, dejar al lado las barreras que tienden a construir los que miran más a sus intereses que el bien común.

En esta cuestión, los acuerdos multiideológicos son imprescindibles, o –si se prefiere– los acuerdos que aparquen la ideología para mirar la realidad, asumiendo que todas las opiniones constructivas merecen ser escuchadas.

No tiene mucho sentido imponer normas sobre mayorías exiguas cuando hablamos de un esfuerzo que debe continuarse a lo largo de décadas, pues se abren muchos interrogantes para su aplicación concreta cuando cambien esas mayorías. No es muy razonable aprobar una ley de cambio climático con objetivos a 10 y 30 años sin el apoyo de los partidos de oposición, que en cualquier momento pueden ser los encargados de aplicarla.

El cambio climático es un tema científico

La clave para lograr esos consensos pasa por despolitizar completamente el cambio climático. Gobiernos europeos de todos los colores (desde Thatcher hasta Macron, Merkel o Gordon Brown) han coincidido en la importancia de atajar el problema. También en España fuimos capaces de obviar el sesgo ideológico en la alternancia de gobiernos de las décadas de los 90 y 2000.

Es preciso convencerse de que esto es un tema científico, no ideológico, tan científico como el estudio de la física cuántica o la biología celular. Deberíamos escuchar a los científicos que trabajan sobre este asunto, la inmensa mayoría de los cuales han mostrado, en repetidas ocasiones, su consenso.

También en el caso del tabaco hubo científicos que siguieron negando sus efectos perniciosos en la salud: su prestigio, conseguido generalmente en otras disciplinas, fue altavoz para quienes querían bloquear las medidas antitabaco.

El libro de Naomi Oreskes y Erik M. Conway Mercaderes de la duda hace un magnífico repaso por otras cuestiones públicas donde la ciencia –con minúscula– se utilizó como arma arrojadiza. Aprendamos de estas lecciones para no seguir interrumpiendo las decisiones que necesitamos.

La controversia científica es clave para la buena ciencia, pero debe restringirse al ámbito científico. Por supuesto que hay cosas que todavía no conocemos bien en relación al cambio climático, pero lo más sustancial está ya bien asentado y no debería retrasar las medidas que la mitigación demanda.

El poder del ruido mediático

La percepción de que los científicos “no se ponen de acuerdo” es una de las herramientas más poderosas para frenar las políticas de mitigación. Ya se vio con el tabaco: se fomentó una imagen pública de controversia que no existía en la literatura científica. Lo mismo ocurre ahora.

En la encuesta que realizó el Instituto Elcano sobre la percepción de los españoles ante el cambio climático, el 97 % estaba de acuerdo con su existencia y el 56 % consideraba que era el problema más grave o el segundo más grave al que nos enfrentamos, pero paradójicamente el 59 % pensaba que los científicos no se ponían de acuerdo sobre esta cuestión, pese a la enorme acumulación de evidencias y el generalizado grado de acuerdo sobre este asunto.

El ruido mediático, la desinformación que se promueve desde las redes sociales, parece influir más en los ciudadanos que un cúmulo de publicaciones científicas.

Es hora de ponerse de acuerdo y actuar

Los efectos del cambio climático van a afectar a personas de todas las ideologías. Sequías o riadas van a impactar por igual a los votantes de Vox y a los de Podemos; incendios extremos y olas de calor serán igualmente sufridas por votantes del PP o del PSOE. No tiene sentido seguir convirtiendo este tema en una cuestión de disputa política.

Solo cabe una actitud constructiva, de diálogo para afrontar el problema, pues ciertamente se pueden abordar varias vías para mitigar el cambio climático. Ahí debería estar el debate, no en si existe o no, ni en si tendrá consecuencias positivas o negativas. Esto ya lo han demostrado numerosísimos estudios científicos.

Ahora toca actuar, ponerse de acuerdo, superar barreras ideológicas para discutir sobre soluciones concretas que ayuden a mitigar el problema y, a la vez, a adaptarnos mejor a sus consecuencias ya activas.

Algunas ideas que ayudarían en esa despolitización ya se apuntaban en el informe del Instituto Elcano, como la definición y supervisión de los objetivos de reducción de emisiones por parte de un comité científico independiente, la inclusión de mecanismos de consulta ciudadana, el diálogo con todas las partes implicadas, la puesta en marcha de mecanismos eficientes de financiación y el impulso simultáneo de medidas de mitigación y adaptación.

Nos jugamos mucho, no podemos seguir mirando a otro lado.

Emilio Chuvieco Salinero, Catedrático de Geografía, Universidad de Alcalá

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.



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