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🌍 Panorama Planetario

7 de octubre de 2026
Estado general del sistema Tierra. El planeta entra en octubre con varias señales ambientales convergentes: océanos persistentemente cálidos, un episodio de El Niño en fortalecimiento, importantes déficits hídricos heredados del verano europeo y una criosfera que continúa muy por debajo de los niveles característicos de décadas anteriores. El contraste regional sigue siendo elevado: mientras unas zonas afrontan sequedad y caudales reducidos, otras mantienen exposición a precipitaciones intensas e inundaciones.
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Temperatura global

La señal térmica planetaria continúa elevada. El verano de 2026 dejó episodios de calor particularmente persistentes en Europa occidental, reforzando la tendencia hacia temporadas cálidas más intensas y prolongadas y aumentando simultáneamente la presión sobre suelos, vegetación, recursos hídricos y ciudades.

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Océanos

La temperatura superficial marina permanece como una de las señales más importantes del sistema climático. Julio de 2026 registró la mayor temperatura media observada para ese mes en los océanos extrapolares, mientras el Pacífico ecuatorial mantiene anomalías asociadas al fortalecimiento de El Niño.

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CO₂ atmosférico

La concentración de dióxido de carbono continúa en niveles históricamente elevados. Más allá de las oscilaciones estacionales, la acumulación de gases de efecto invernadero mantiene el forzamiento climático de largo plazo y condiciona la evolución de temperaturas, océanos y balance energético terrestre.

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Hielo polar

El hielo marino del Ártico alcanzó probablemente su mínimo anual el 12 de septiembre con unos 4,60 millones de km², empatando como el décimo mínimo más bajo del registro satelital. En la Antártida, el máximo invernal provisional se situó entre los más bajos observados.

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Incendios

La temporada cálida europea confirmó la estrecha relación entre calor, déficit de humedad y condiciones favorables para incendios intensos. El riesgo disminuye estacionalmente en numerosas áreas del hemisferio norte, aunque persiste donde la vegetación continúa seca y los episodios cálidos se prolongan.

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Sequías

Europa llega al otoño después de un verano caracterizado por caudales reducidos y humedad del suelo excepcionalmente baja en distintas regiones. El comportamiento del Rin, Sena y Danubio durante 2026 mostró cómo una sequía prolongada puede trasladarse rápidamente hacia transporte, agricultura, energía y ecosistemas acuáticos.

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Tormentas y extremos

El fortalecimiento de El Niño modifica progresivamente los patrones de circulación atmosférica y precipitación. Esto no determina por sí solo cada evento extremo, pero aumenta la necesidad de observar conjuntamente temperatura oceánica, humedad atmosférica y pronósticos regionales durante los próximos meses.

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Balance hídrico

El agua permanece como uno de los principales indicadores de vulnerabilidad ambiental. Las diferencias entre regiones secas y húmedas son marcadas, mientras los extremos hidrológicos muestran que gestionar embalses, acuíferos, humedales y cuencas completas resulta cada vez más importante para aumentar la resiliencia.

📡 Señal planetaria destacada — El Niño se fortalece
El Pacífico tropical constituye la señal climática de mayor seguimiento. NOAA mantiene un aviso de El Niño y estima una probabilidad superior al 90 % de que el episodio alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño e invierno boreales 2026-2027. Su evolución puede alterar patrones de lluvia y temperatura en múltiples regiones, aunque los efectos concretos dependerán de la interacción con otros componentes del sistema climático.
🔭 Perspectiva de 7–14 días
La atención ambiental se concentra en la evolución de El Niño, la transición estacional del hielo marino ártico, la recuperación de los sistemas fluviales europeos después del verano seco y la distribución de precipitaciones intensas. El cambio de estación reduce algunos riesgos asociados al calor en el hemisferio norte, pero abre una etapa en la que la circulación atmosférica y oceánica puede reorganizar rápidamente las zonas expuestas a extremos.
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La pérdida de los grandes herbívoros afecta las interacciones entre las plantas y sus enemigos naturales

Ciervo de América del Sur.

Investigadores compararon los daños en las hojas provocados por insectos y patógenos en áreas con y sin presencia de mamíferos tales como tapires amazónicos, ciervos y pecaríes barbiblancos


AGENCIA FAPESP/DICYT – A los insectos y a los microorganismos que se alimentan de plantas consumiendo parte de sus hojas, modificando su tejido foliar o incluso generando manchas oscurecidas, comúnmente se los caracteriza como plagas, y se los considera por ende perjudiciales. Así y todo, las interacciones entre las plantas y sus enemigos naturales constituyen importantes mecanismos generadores y sostenedores de la biodiversidad.

En los bosques tropicales, por ejemplo, estas “plagas” forman parte de grandes redes ecológicas, de las cuales depende el funcionamiento de los ecosistemas. Por lo tanto, su disminución puede erigirse como un indicador de alteraciones en el funcionamiento de la selva, cuyas consecuencias son aún poco conocidas. Un estudio publicado en el Journal of Ecology muestra que la pérdida de grandes mamíferos herbívoros, tales como los tapires amazónicos, los ciervos y los pecaríes barbiblancos, puede ser un factor ligado a la pérdida de las interacciones entre las plantas y sus enemigos naturales.

“Ante la ausencia de los grandes mamíferos que se alimentan de plantas y remueven y pisotean el suelo, se produce una proliferación de la riqueza de especies vegetales a corto plazo. Como los patógenos tienen relaciones muy específicas con sus plantas hospedantes, las áreas con mayor riqueza de especies ven diluidas sus probabilidades de propagarse y seguir su ciclo de vida. La disminución de las interacciones entre plantas y patógenos puede tener consecuencias evolutivas para ambos”, comenta Carine Emer, primera autora del estudio, desarrollado durante su posdoctorado en el Instituto de Biociencias de la Universidade Estadual Paulista (IB-Unesp), en Rio Claro, Brasil, con beca de la FAPESP.

Estos resultados son fruto de dos proyectos apoyados por la FAPESP. El más reciente, intitulado “DEFAU-BIOTA: los efectos de la defaunación sobre el carbono del suelo y sobre la diversidad funcional de plantas del Bosque Atlántico”, es financiado en el ámbito del Programa FAPESP de Investigaciones en Caracterización, Conservación, Restauración y Uso Sostenible de la Biodiversidad (BIOTA) y cuenta con la coordinación de Mauro Galetti, docente del IB-Unesp, quien también firma el artículo.

El otro fue el proyecto intitulado “Las consecuencias ecológicas de la defaunación en el Bosque Atlántico”, también coordinado por Galetti, quien desde el año 2009 monitorea un conjunto de parcelas pareadas de Bosque Atlántico, áreas de 15 metros cuadrados, en cuatro lugares del estado de São Paulo. Una de las parcelas se encuentra alambrada para evitar la entrada de los grandes mamíferos herbívoros, mientras que la otra permanece libre, a los efectos de permitir el paso de esos animales.

De esta forma, es posible observar los efectos de la exclusión de pecaríes barbiblancos, tapires amazónicos y ciervos, así como de pacas y agutíes, sobre las plantas, en el suelo y en las interacciones ecológicas: en la herbivoría foliar causada por los insectos, por ejemplo. En trabajos anteriores, el grupo ya había demostrado la importancia de los grandes mamíferos en la fertilidad del suelo de los bosques, en la estructura espacial de las comunidades de plantas y en la dispersión de semillas (lea más en: agencia.fapesp.br/34986/, en portugués: agencia.fapesp.br/37324/ y agencia.fapesp.br/31857/). Galetti también es uno de los coordinadores del Centro de Investigaciones en Biodiversidad y Cambios Climáticos (CBioClima), un Centro de Investigación, Innovación y Difusión (CEPID) de la FAPESP.

Mamíferos, insectos y microorganismos

En el trabajo actual, los investigadores analizaron los daños foliares en 10.050 hojas de 3.350 plantas en 86 parcelas distribuidas en áreas de Itamambuca, Ilha do Cardoso, el Parque Estadual Carlos Botelho y Vargem Grande Paulista. Los daños foliares se clasificaron en cinco grupos funcionales, incluidos aquellos causados por insectos (tales como larvas de coleópteros y mariposas) y por patógenos (tales como bacterias, hongos y virus). Las hojas se analizaron en plantas de hasta un metro de altura, que constituyen el llamado sotobosque, debajo de la copa de los árboles y a una altura en que los grandes herbívoros logran quitárselas. Los daños foliares se clasificaban en una escala de 0 (intacta) a 6 (entre 75 % y 99 % dañada).

En las áreas libres de grandes mamíferos herbívoros, los daños totales en las hojas fueron un 9 % menores. Aquellos causados únicamente por patógenos foliares, a su vez, se vieron reducidos un 29 % en las parcelas alambradas. Los daños causados por los insectos no mostraron diferencias significativas entre las parcelas abiertas y fechadas.

“Las plantas interactúan con sus enemigos naturales desde hace miles de años, en una carrera armamentista de defensa y ataque. Para ello desarrollan defensas tanto físicas como químicas. A su vez, los enemigos naturales, tales como los patógenos, crean nuevas formas de ataque, ante las cuales las plantas generan nuevas defensas. Esto constituye un factor importante para el mantenimiento y la generación de la biodiversidad, toda vez que en este proceso pueden surgir nuevas especies tanto de plantas como de organismos que interactúan con ellas”, explica Emer, quien actualmente es investigadora en el Jardín Botánico de Rio de Janeiro y en el Instituto Juruá.

Por ende, a largo plazo, la disminución de las interacciones entre las plantas y los patógenos foliares puede dejar de constituir una fuerza de selección para la generación de biodiversidad. Recientemente, investigadores alemanes analizaron fósiles de hojas y demostraron de qué manera los grandes cambios en la estructura de la vegetación acaecidos durante los últimos 66 millones de años resultaron en la pérdida de interacciones y en la diversidad funcional de ciertos grupos de insectos herbívoros, por ejemplo. Algo parecido podría suceder también debido a la pérdida de patógenos en las áreas con cambios en la estructura de la vegetación ocasionados por la ausencia de grandes mamíferos.

“Nuestro estudio contiene resultados innovadores y, por eso mismo, debe profundizárselo en otras áreas del Bosque Atlántico y en otras selvas tropicales. De todos modos, pone en evidencia un problema más que puede causar la extinción de grandes mamíferos”, culmina diciendo Emer. Este trabajo contó también entre sus autores con la participación de Nacho Villar, quien obtuvo una beca de posdoctoral de la FAPESP durante el desarrollo de su estudio y que actualmente es investigador del Instituto de Ecología de Países Bajos. Lo firman también Natália Melo, Valesca Ziparro y Sergio Nazareth, quienes concretaron el trabajo de campo y la identificación botánica.